Adaptación y asimilación



En Cuba, por disparatado que parezca, me había acostumbrado a vivir bajo un régimen de vigilancia y culpabilidad. Necesitaba pases o permisos para salir y entrar al sanatorio. Las autoridades sanitarias me habían concienciado que yo era un peligro social, cualquier conducta o comportamiento inapropiado ponía en peligro mi condición de garante (persona responsable que podía andar por la calle sin acompañantes). Era extremadamente importante mantener esa condición y por eso idee estrategias para conservar el garante a como diera lugar. Me acostumbré a vivir y comportarme de aquella manera al punto de convertirlo en un hábito.

La vida es un continuo proceso de cambio y adaptación. Con mi experiencia anterior, todo lo que encontré en Suecia fue bueno para mis ojos. Apenas veía policías, nadie me paraba en la calle para pedir mi identificación. ¿A quién le importaba mis intereses privados, mi sexualidad o mi pensamiento político? Podía entrar y salir del país todas las veces que quisiera. Había agua en abundancia, y comida. En las casas se estaba a gusto, calentito, y todo relucía como si fuera nuevo; no había polvo ni humedad y dejé de sufrir ataques de asma. El frío sólo era en la calle y me gustaba pasear con gorros, impermeables, botas, guantes y bufandas. Todo era una novedad. La primera nevada fue emocionante. La ciudad cambió de color de un día para otro. El gris se transformó en blanco y el blanco en luz.


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