La metáfora del sueño atraviesa nuestra vida social: la inercia, la comodidad de no cuestionar, la creencia de que todo debe continuar como siempre ha sido. Esa mentira repetida que, con el tiempo, se vuelve realidad.
Es el sueño de muchos que sueñan creyendo estar despiertos. Un piloto automático que conduce la nave con rutina, y por eso adormece. No es culpa de nadie; es la fuerza de la costumbre, el refugio de lo conocido.
Despertar duele un poco. No por violento, sino porque nos empuja fuera de la zona de confort y nos obliga a mirar aquello que evitábamos.
Despertar no es abrir los ojos, sino abrir la conciencia. Es preguntarse: ¿esto que hago, lo elijo o simplemente lo repito?
No todos desean despertar, y está bien. Pero para quienes sienten el leve temblor de una pregunta, basta una chispa.
El despertar es un acto personal. Nadie puede hacerlo por otro. Cuando despiertas, comienzas a mirar tu realidad con otros ojos. Te descubres creador, y al crear, obras milagros. Esa es nuestra responsabilidad: elegir con conciencia.
El despertar no es un destino, sino un movimiento. Y ese movimiento, con su resonancia, puede despabilar a otros. Incluso el gesto más pequeño transforma el mundo.
Despertar no impone destinos: abre la posibilidad de un futuro nuevo.
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