
De izquierda a derecha o viceversa, no importa cómo lo leas, Roma y Amor tienen el mismo significado. ¿Quieres constatar esta afirmación? Vuela a Roma o viaja en tren, en bus, en auto, o haz el trayecto a pie. Todos los caminos van hacia allí como las venas al corazón. He visto ciudades hermosas, subyugantes, casi oníricas, pero como esta ninguna. Roma seduce no sólo por su belleza; sus construcciones y sus ruinas cuentan la historia del hombre. Esta ciudad no necesita epítetos. Ella es.


Mi segundo encuentro con la gran ciudad. Aunque no sea el centro del mundo ni la cuna de la civilización, acciona los resortes del deslumbramiento. Otra vez me hace vibrar su deseo desmedido por conseguir que los visitantes se rindan ante su magnificencia. Como es imposible contarlo todo, les presentaré una pequeña parte de lo que vi, de lo que con gusto dejo para el recuerdo.

Por eso me aventuré de un lugar a otro sin descanso mientras Anders, el vikingo, cansado de los largos trayectos me decía “Te espero aquí” y se acomodaba a la sombra para refrescarse con una
birra. Caminar es lo más aconsejable aunque los lugares queden distantes, así no pierde uno plazas, calles, avenidas, vericuetos o cualquier otra cosa digna de ser admirada. En Roma todo tiende a la monumentalidad, palacios monumentales, iglesias monumentales, columnas monumentales. Levantaba la vista una y otra vez como un guajiro para percibir los detalles de las fachadas, las fuentes y los obeliscos. ¡Cuidado! –me advirtió entonces Anders, el vikingo. Mi pie estuvo a punto de aplastar una monumental cagada de perro.




Desde la época del gran imperio, Roma ha hecho lo imposible por resplandecer. Los templos y edificaciones del Foro –centro comercial, político y religioso– se recubrían de mármoles para aumentar la suntuosidad. Fue una pena que a la caída del imperio, los sucesivos saqueos y la intervención del cristianismo, tanto los Foros, como las lujosas casas del Palatino y buena parte del Coliseo, se convirtieron en canteras para residencias, hospitales y muchas otras obras –incluyendo las del Vaticano– que se construyeron después. Los mármoles que revestían estos edificios fueron quemados para obtener cal viva. Fue un Papa –precursor de la conservación del patrimonio cultural– quien dijo basta y prohibió el desmantelamiento de los ya ruinosos edificios romanos. Esto no eliminó el vandalismo pero frenó el expolio. Gracias a esa medida, podemos hoy admirar al menos los cimientos que dieron notoriedad a la gran Roma. Las construcciones que permanecen en buen estado lo consiguieron porque fueron transformadas en iglesias. El Panteón es un ejemplo.


La plaza de San Pedro, la basílica y su colosal cúpula diseñada por Miguel Ángel Buonarroti, son registros del poder religioso. La columnata elíptica del arquitecto Gian Lorenzo Bernini rodea la plaza como los brazos de la Iglesia que acogen a la humanidad. Desde cualquier punto donde me hallaba podía apreciar la plaza en toda su dimensión. La inclinación gradual del suelo en dirección a la basílica me dio la impresión de encontrarme en el mayor anfiteatro del mundo donde las gradas no son necesarias. Uno puede ver y contemplar y al mismo tiempo sentirse observado.
Ya no doy más muela. Mejor los dejo con el material fotográfico. ¡Arrivederci!
Comentarios
y había visitado tus fotos pero no pude comentar
ahora entiendo donde andabas y te envidio un poco, he viajado mucho pero me falta Roma y definitivamente es algo que tengo que hacer
un abrazote
Yo no soy tan exigente como Silvita... yo puedo ir solo y sin amor e igualmente lo disfrutaré, lo sé.
Roma es fantástica; solo o acompañado la disfrutarás. Es una excursión al conocimiento del arte.