A veces un país se parece más a una psique que a un territorio. Y cuando lo miramos así, algo se ilumina.
El Gobierno es como el Ego: esa parte que organiza, administra, pone límites, y se convence de que sin él todo caería en el caos.
El Ego gobierna la mente como un Estado gobierna a su gente: con miedo a perder control, con deseo de ser necesario.
La Familia es el Subconsciente: allí donde se guardan los primeros mandatos, las voces que nos dijeron quiénes éramos, los permisos y las prohibiciones que aún nos habitan.
La familia funda la identidad como el subconsciente funda la conducta: desde lo invisible, desde lo que no recordamos pero nos sostiene.
Y el Pueblo es el Inconsciente: esa fuerza profunda que duerme, sueña, acumula, y a veces despierta con una energía que nadie puede detener.
El inconsciente, como el pueblo, guarda sombras, dolores, deseos, y cuando no se le escucha, se desborda.
Quizá por eso los Estados, como las personas, se tambalean cuando el Ego gobierna sin escuchar, cuando la Familia repite viejas heridas, cuando el Pueblo carga demasiado silencio.
Tal vez la salud de una nación —como la de un alma— depende de aprender a dialogar con todas sus voces. ¿Qué sucede en ti cuando el Ego no escucha al Pueblo que llevas dentro?
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