A veces confundimos la perfección con la completud.
La perfección es un ideal que cambia según la época, la cultura o la moda. Un molde que la sociedad exige y orienta a partir de estándares, expectativas y comparaciones. Un punto de vista que separa: bueno–malo, feo–hermoso, justo–injusto. Un estándar que nunca nace de uno mismo.
La completud, en cambio, nace de lo vivido. No es un fin que haya que alcanzar; uno se va completando en el camino. No busca méritos ni aplausos. No persigue el ego. Se construye con lo luminoso y con lo abyecto, con la gloria y el fracaso, con la pérdida y el aprendizaje.
Y, sobre todo, la completud no es selectiva. No excluye lo que incomoda. Es curiosidad por observar, aprender, experimentar e integrar. Es la capacidad de abrazar todas nuestras partes, incluso aquellas que antes rechazábamos.
Ser completo no es ser perfecto. Es estar abierto. Es estar presente. Es estar vivo.
La perfección excluye. La completud nos reúne. Mientras la perfección es un ideal rígido, la completud es el camino. Y en ese camino, uno se vuelve más sabio, más humano, más real.
Hoy elijo no ser
perfecto. Hoy elijo estar completo.
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