A veces me pregunto por qué lo indeseado parece materializarse con más rapidez que aquello que realmente anhelamos. Es como si la vida tuviera una inclinación natural hacia el tropiezo: lo que tememos aparece sin demora, mientras que lo que deseamos tarda, se distorsiona o llega disfrazado de otra cosa.
Si lo observo desde un punto de vista empírico —como un testigo consciente de la experiencia humana— encuentro una explicación que se remonta al origen mismo de nuestra especie. Desde el principio, el ser humano fue entrenado para sobrevivir, no para ser feliz. Nuestro sistema nervioso se moldeó en la urgencia: detectar el peligro, reaccionar, huir. La serenidad nunca fue una prioridad evolutiva; la supervivencia sí.
Y aunque hoy ya no nos persiguen depredadores, seguimos viviendo en ese mismo modo de emergencia. La homeostasis —ese estado natural de equilibrio y bienestar— queda relegada a un segundo plano. Primero resolvemos la contingencia, luego, si queda tiempo, descansamos. Pero el descanso se posterga indefinidamente, porque siempre aparece una nueva urgencia reclamando atención.
La historia humana confirma esta tendencia. A pesar del avance de la ciencia y la tecnología, seguimos atrapados en conflictos, guerras, epidemias y tensiones que parecen repetirse como un eco interminable. El progreso técnico no ha sido acompañado por un progreso emocional equivalente.
Las noticias lo reflejan con claridad. Lo destructivo atrae más miradas que lo constructivo. Lo alarmante vende más que lo esperanzador. La crítica se escucha más fuerte que el agradecimiento. No es extraño, entonces, que el mundo parezca avanzar hacia el caos: miramos más el caos que la armonía. Y, como tantas veces se ha dicho, atraemos aquello en lo que pensamos.
Pero hay un contraste fascinante. A lo largo de la historia, las grandes obras maestras —artísticas, científicas y tecnológicas— no surgieron del miedo, sino de un estado mental completamente distinto. Sus creadores trabajaron desde un enfoque absoluto, una dirección interna tan firme que nada externo podía desviarlos. No pensaban en el fracaso; pensaban en la obra. No temían la crítica; confiaban en su visión.
Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina es un ejemplo contundente: un hombre solo, acostado sobre andamios, cubriendo el techo del Vaticano con colosos desnudos en pleno corazón del poder religioso. No había miedo ahí. Había convicción. Había una fuerza creativa que no se dejaba intimidar por la autoridad ni por la tradición.
Lo mismo ocurre con los grandes avances tecnológicos. La ciencia no progresa desde la urgencia, sino desde la curiosidad y la persistencia. Los investigadores, los técnicos y los inventores trabajan con una cualidad que rara vez se reconoce: una confianza radical en el futuro. Thomas Edison lo sabía bien. No fracasó cientos de veces al intentar crear la bombilla eléctrica: descubrió cientos de caminos que no funcionaban, y siguió adelante con la certeza de que uno sí lo haría. Ese tipo de enfoque —paciente, obstinado, casi terco— es el que convierte una idea en realidad.
Quizás esa sea la clave:
Lo
que deseamos exige atención sostenida; lo que tememos se activa con
un simple descuido. El miedo, como un viento frío, se cuela por las
grietas. El deseo es la llama que nos impulsa a abrir la puerta.
Comentarios