La noche comienza ahora (Cuento)

 


Timbró tres veces y no descolgaron. No sé qué intuición me hizo pensar que era mi aviso. La reunión se detuvo un instante. Es para ti. A esta hora nunca me han llamado. Los ojos de los presentes me acechan. Permanezco con el teléfono en la mano sin querer articular palabra. ¿Sí? Del otro lado la voz tan conocida por el presagio. La voz que se comunicaría conmigo en caso necesario ya estaba aquí. Necesito hablarte. Ahora no puedo, estoy reunido. ¡Es urgente! Ya sé, no tienes que decirme nada: te repito, estoy reunido. Tenemos que vernos de todos modos; debo hacerte algunas preguntas. No respondo. Dejo caer el aparato y esbozo una sonrisa congelada. Cierro los ojos y veo la oscuridad, la tierra convertida en universo y un hueco inmenso como el final de una vida; el animal que araña su fatiga esperando que el disparo acabe con su agonía.
Quizás los presentes no han advertido mi desorden, la reunión continúa sin contratiempos. El problema es interior. Ha sido una sorpresa aunque desde hace un mes la preocupación no me abandona. Desde que apareció no he tenido sosiego: su exceso de discreción, la bata de médico doblada en su carpeta, su media voz, oh qué desagrado.
La primera vez conversamos sobre la necesidad de un chequeo, someterme a pruebas periódicas durante un año, fatalidad de quedar sujeto al suspenso. La segunda fue la presión para que acabara de chequearme. Estaba tan preocupado que había escondido la orden y también el valor. Aquello no podía ser real: no merecía esto. Pero fui y extendí el brazo. Después sólo tuve que esperar el resultado, esperar, esperar. Cuántas cosas han pasado por mí desde el principio de la espera. Mi mayor deseo era quedar liberado, pero la pesadilla estaba en mí como el clavo en su madero. Durante aquél mes, cada vez que sonaba el teléfono me sobrecogía. Realmente no deseaba la llamada de nadie. Y fue precisamente ella quien me timbró, en el momento más inoportuno, con tantas personas rodeándome. Tuve que aguantar la lágrima y tragarme el suspiro.
Siento que la noche me está atrapando; la tarde fue la brisa que dijo adiós: cada vez más cerca de mí la noche comienza su reino justo en el momento en que me revelo al mundo. Y aquí estoy frente a un demonio de cuatro letras. Cuatro letras en forma de diablo como flagelo de mi salacidad, azotaina para mi espíritu, el garrote que me hace bajar la cuesta y me convierte en lodo, más que lodo, el esputo de toda la sociedad.
Aparecen las visiones y no quiero que empañen mi conducta. La reunión tendrá que acabar alguna vez y yo podré salir afuera, correr a cualquier lugar, no sé, por una vía libre con árboles que refresquen mi atmósfera, que desordenen mis cabellos: correr, correr, liberar toda la energía que aprieta mi pecho; romper con la ira o el incomodo. Qué difícil encontrar la palabra exacta para mi ánimo.
El salón donde me encuentro es pequeño. La ventana, la única ventana, está cerrada. La vista se me nubla pero no habrá desmayo. Permanezco en el sitio. Tampoco mi estampida moverá a la intriga, la curiosidad de quienes buscan la noticia que me ha drogado. Cuántos de los que participan del intercambio de miradas pondrán sus manos sobre mi hombro. Cuántos huirán de mí y gritarán: lleven al desgraciado lejos donde pueda morir sin perjuicios para nosotros; allá donde garantice la confianza de los que no estamos infectados. No, no puedo, cómo enfrentarlos; cómo comunicarles mi estado; decirles que no deseo continuar activo dentro del grupo. Necesito aire para mis pulmones. Me sofoca un asma emotiva; el nebulizador suaviza el escándalo. Puedo pensar en la muerte pero pasa de largo; lo inminente es la idea del rehén, la sociedad que me destierra hacia un lugar donde el morbo genera sentimientos de impotencia y muerde los pecados. Adiós futuro.
Alguien toma la palabra y habla demasiado. Las inflexiones de su voz me producen náuseas. Ir al servicio podría ser una buena excusa para refugiar mi abandono, pero sigo fijado al suelo. Y otra vez las ideas maltratando mi cabeza. Ahí tienes por tu promiscuidad, tu prostitución, tu extravagancia. Un índice marca mi entrecejo. Ese es maricón, escupe y sigue. El remolino aumenta, la velocidad se estimula, tal parece que hay alarma: escucho a cien hombres dando voces en mis oídos. Cuánta tierra en mis manos. Van apareciendo los primeros estigmas. Sólo le queda a la moral caer como un bloque sobre mi cuerpo.
Me observan. Ya me notan perturbado. No sé cuánto tiempo han permanecido contemplándome. La reunión se ha detenido y hay un silencio que acentúa el comienzo de la caída y el ruido. No hay que hacer preguntas, mi cara es el sinónimo del espanto. La noche ha llegado para quedarse.
Enero, 1993

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