Cuba ante el espejo: entre la resignación y la posibilidad del despertar.


La crisis que atraviesa Cuba hoy —apagones interminables, enfermedades que brotan de la basura acumulada, escasez de comida y agua— no es solo el resultado de un sistema político fallido. También es el reflejo de una sociedad que, durante décadas, fue adoctrinada para obedecer, callar y resistir. Un pueblo que aprendió a sobrevivir, pero no a transformar su realidad.

Muchos cubanos esperan una salvación que venga de afuera: un gobierno extranjero, una remesa, un milagro. No reconocen que el cambio real solo puede nacer de ellos mismos. Pero asumir eso implicaría renunciar a la pasividad que se ha convertido en refugio, en identidad, en una forma de confort emocional. La víctima, al fin y al cabo, no lucha: sufre, exhibe su sufrimiento y espera compasión. Ese rol, repetido por generaciones, ha moldeado la conciencia colectiva.

Mientras la ayuda externa siga llegando a cuentagotas, la agonía se vuelve soportable. Y lo soportable, en Cuba, se normaliza. Por eso nadie convoca una huelga general, nadie organiza una desobediencia pacífica. ¿Para qué, si la supervivencia mínima está garantizada por manos que vienen de lejos?

No se trata de culpar a Dios ni de absolver a los gobernantes. La historia de la Revolución muestra cómo el propio pueblo apoyó, con entusiasmo o silencio, al régimen que hoy lo oprime. Los ancianos que hoy sufren fueron, en su momento, simpatizantes, militantes o cómplices pasivos. Sembraron vientos y hoy recogen tempestades. Esa es la verdad incómoda.

En enero estuve en Cuba y fotografié los basureros que se desbordaban en las calles. Lo más impactante no era la basura, sino la indiferencia. La gente convivía con ella como si fuera parte natural del paisaje. Y ahora, cuando las enfermedades se multiplican, la causa parece evidente: quien siembra basureros recoge enfermedades.

El miedo sigue siendo el instrumento de control más eficaz. Después del estallido social de 2021, no hubo más revueltas. El mensaje fue claro: el costo de alzar la voz es demasiado alto. Y sin líderes, sin héroes, sin figuras que encarnen la esperanza, la resignación se vuelve norma. La propaganda desmoraliza, el pueblo no respalda, y el círculo se cierra.

A veces pienso en Gandhi y en cómo India obtuvo su independencia sin disparar un tiro, mediante una cadena de desobediencias civiles que desarmaron moralmente al imperio británico. Cuba podría aprender de ese ejemplo. Pero para eso hace falta algo que hoy parece escaso: unidad, conciencia y voluntad.

El choteo, la burla y el victimismo funcionan como mecanismos de defensa para evitar enfrentar la verdad. Cada quien va a lo suyo, al sálvese quien pueda. Y mientras tanto, la isla acumula sus propias “plagas”: apagones, dengue, hambre, escasez, represión, éxodo. ¿Cuántas más harán falta para que el país despierte?

Los cubanos del exterior ayudan por convicción, no por lástima. Lo hacemos porque así fuimos educados: a sostener a los nuestros, a no abandonar. Pero esa ayuda, necesaria y humana, también perpetúa la dependencia. La isla se mantiene a flote gracias a las remesas, no gracias a su sistema político ni a su economía interna.

Históricamente, Cuba nunca fue autosuficiente. Vivió del CAME, de la Unión Soviética, de Venezuela. Hoy vive de los cubanos que se fueron. Décadas de doctrina han moldeado una mentalidad que oscila entre la resignación y la espera eterna. Una pobreza mental que no se resuelve con dinero, sino con responsabilidad colectiva.

Y sin embargo, a pesar de todo, sigo creyendo que los cubanos pueden cambiar su destino. Pero para eso deben despertar. Deben asumir que nadie vendrá a salvarlos. Que la casa no se limpia sola. Que la libertad no se mendiga: se conquista.

Cuba no necesita un milagro. Necesita un pueblo que decida, de una vez, dejar de sobrevivir y empezar a vivir.


Para el pie de foto: La basura no es lo peor. Lo peor es que nadie la ve.

No es alegoría, es evidencia.

No es contraste, es denuncia.

No es arquitectura, es conciencia.


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