La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de guerras. Avanzamos con brillantez en tecnología, ciencia y comunicación, pero seguimos sin lograr lo más elemental: ponernos de acuerdo para vivir en paz.
Y, sin embargo, hay algo que siempre me ha
resultado evidente:
los
pueblos no pelean; pelean los gobiernos, los partidos políticos y
ciertas jerarquías religiosas.
Cuando aparece la amenaza de guerra, se convoca al pueblo entero para defender un sistema. Los ejércitos se forman con jóvenes que deben jurar lealtad a una estructura que no eligieron. Se cultiva el nacionalismo, se adoctrina para defender una tierra que, como planeta, pertenece a todos por igual.
Me pregunto entonces:
¿quién
decide la guerra y quién la sufre?
Creo que muchos gobiernos no buscan la paz, sino la continuidad del conflicto. La guerra es un negocio, un mecanismo de control, una forma de mantener estructuras que ya no representan a la mayoría.
Pero si la mayoría no quiere matar,
¿por
qué se nos obliga a hacerlo?
Imagino un momento de la historia en que la conciencia colectiva se levante frente a los gobernantes. Un instante en que los jóvenes se nieguen a convertirse en soldados. En que el nacionalismo pierda su naturaleza egoísta. En que científicos e ingenieros dejen de diseñar máquinas de destrucción masiva.
Entonces la élite quedaría aislada.
¿A quién
reclutar para la guerra?
¿A quién enviar al frente cuando el
pueblo diga “no”?
Tal vez solo quedarían los mercenarios, los
sicarios, los que viven del odio.
Pero el odio es la guerra.
El
amor es la paz.
Y la paz no llegará desde arriba.
La paz nacerá
cuando la conciencia colectiva decida que ninguna bandera vale más
que una vida humana.
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