Cuando la conciencia deja de pelear

 

Si miramos la historia humana, vemos un patrón casi infantil:
cuando algo duele, gritamos;
cuando algo amenaza, atacamos;
cuando algo nos supera, buscamos culpables.

Ese impulso —tan comprensible— rara vez genera evolución.
Solo genera ruido.

La conciencia colectiva no cambia por saturación de conflicto, sino por saturación de sentido.

Los grandes giros de la humanidad no han nacido de la protesta, sino de la revelación:
una nueva manera de ver,
una nueva manera de nombrar,
una nueva manera de estar.

El conflicto polariza porque activa el ego.
La revelación une porque activa la presencia.

Quizá el verdadero cambio de paradigma no consista en convencer ni en denunciar, sino en mostrar una alternativa tan luminosa que la vieja forma de vivir se vuelva obsoleta por contraste.

Y entonces surgen preguntas que no buscan culpables, sino conciencia:

¿Qué ocurre cuando dejamos de pelear y empezamos a escuchar?
¿Qué nace cuando el ego se calla y aparece la experiencia desnuda?
¿Qué pasa cuando dejamos de buscar culpables y empezamos a buscar sentido?

Tal vez ahí —en ese espacio silencioso— comienza la transformación que tanto anhelamos.

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