En Cuba la vida cotidiana se ha convertido en una carrera de resistencia. No una resistencia épica, sino la lucha por sobrevivir al día: al hambre, a la incertidumbre, al desgaste emocional que se acumula como polvo en los pulmones.
Mientras la crisis se profundiza, el Estado responde con más control, más restricciones, más llamados a “aguantar”. Y en ese verbo —aguantar— se esconde una condena silenciosa: aceptar que la vida se reduzca a sobrevivir por ideales que ya no se traducen en bienestar real.
El país está dividido.
Hay quienes aún creen
en las promesas de un proyecto que alguna vez pareció posible.
Hay
quienes ya no pueden sostener la fe.
Y hay quienes, aun deseando
un cambio, viven paralizados por el miedo o por la simple falta de
fuerzas.
En medio de esa fractura surge otro riesgo: cuando un país se debilita hasta este punto, cuando la ciudadanía está agotada y el poder se aferra a sí mismo, se abre la puerta a la injerencia externa. No hablo de conspiraciones, sino de una constante histórica: las grandes potencias siempre miran hacia los territorios vulnerables. Y sí, Estados Unidos observa a Cuba con intereses propios, como lo ha hecho durante décadas.
Pero la pregunta esencial no es qué quiere hacer Estados Unidos, sino cómo impedir que cualquier actor externo —sea cual sea— decida por nosotros.
La soberanía no se defiende con consignas. Se defiende con ciudadanía: con la capacidad de imaginar un país donde la vida no sea un sacrificio interminable.
No sé cuál será la salida para Cuba. Pero sí sé que ningún proyecto político puede sostenerse eternamente sobre el miedo, ni ninguna potencia extranjera puede imponerse sobre un pueblo que conserva su dignidad interior.
En un país donde reunirse está prohibido y disentir se castiga, la resistencia empieza en otro lugar: en la conciencia individual que se niega a aceptar la mentira como destino. Cada persona que piensa por sí misma, que no repite consignas, que reconoce la realidad sin maquillarla, ya está debilitando un engranaje del sistema.
Y es esa suma de despertares silenciosos la que, con el tiempo, puede dar lugar a algo más grande. Porque la respuesta no está en la confrontación ni en la violencia. Está en algo más profundo: un pueblo consciente, capaz de decir “basta” desde la dignidad y no desde el miedo. Un pueblo que, si algún día lo decide, pueda ejercer formas pacíficas de presión colectiva —como la desobediencia civil o la paralización simbólica— que en otros países han abierto caminos hacia transformaciones reales.
La conciencia individual es la semilla; la
colectiva, el fruto.
Y aunque hoy parezca imposible,
la historia demuestra que incluso los sistemas más rígidos terminan
cediendo cuando la verdad interior de la gente se vuelve más fuerte
que el miedo.
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