La
democracia se presenta como el sistema donde el pueblo decide, donde
la mayoría orienta el rumbo y donde cada voz cuenta. Ese es el
ideal. Pero cuando observamos su funcionamiento real, surge una
pregunta inevitable:
¿Vivimos
en democracias o en sistemas que presumen
ser democráticos?
Hay una distancia entre el concepto y la práctica. Entre lo que se promete y lo que ocurre. Entre la voluntad popular y la arquitectura que la administra.
La paradoja de la mayoría
Se nos dice que la mayoría decide. Pero ¿es realmente así?
En muchos sistemas, la voluntad popular no se expresa de forma directa. Se filtra, se diluye, se reorganiza. A veces no gana el partido más votado, sino el que mejor negocia alianzas. El poder no siempre se obtiene por la fuerza del voto, sino por la habilidad de sumar fragmentos.
Entonces surge otra pregunta:
¿qué
significa “ganar” en un sistema donde el poder se construye en
despachos y no en urnas?
La fragmentación del voto
La pluralidad de partidos suele presentarse como una riqueza democrática. Pero también puede convertirse en un laberinto.
Cuantos más partidos existen, más se dispersa el voto. Y cuanto más se dispersa, más difícil es que uno alcance una mayoría clara. El resultado es un escenario donde el votante elige un partido, pero el poder final lo decide una negociación entre partidos que quizá no representan su intención original.
La pluralidad, entonces, puede dividir, desorientar y
desfocalizar.
Puede transformar la voluntad ciudadana en una
suma de pequeñas fuerzas que otros reorganizan a conveniencia.
El poder como permanencia
Y aquí aparece la pregunta más incómoda:
¿por
qué quienes detentan el poder logran mantenerse incluso cuando la
mayoría está descontenta?
Tal vez porque el poder no se sostiene solo por
legitimidad, sino por estructura.
Porque el sistema está
diseñado para conservar, no para renovar.
Porque la democracia,
tal como la vivimos, no siempre refleja la voz del pueblo, sino la
lógica de quienes administran el mecanismo.
Hacia una conciencia democrática
No se trata de destruir la democracia, sino de
mirarla sin ingenuidad.
De comprender que votar no es
suficiente.
De reconocer que la democracia no es un estado, sino
un proceso que exige vigilancia, lucidez y participación consciente.
Quizás la verdadera democracia no sea la que
vivimos,
sino la que aún no
nos atrevemos a imaginar.
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