No milito en ningún partido y la derecha no me representa. Mis ideas siguen estando del lado de los trabajadores, de la gente simple que solo quiere vivir con dignidad. Pero frente a la tragedia cotidiana que vive Cuba, me veo obligado a señalar algo que muchos prefieren ignorar: la crueldad con la que parte de la izquierda observa —y justifica— el sufrimiento del pueblo cubano.
Durante décadas, la explicación ha sido siempre la misma: el embargo. Como si levantarlo fuera una varita mágica capaz de transformar un sistema que ha tenido tiempo de sobra para demostrar su capacidad —o su incapacidad— de responder a las necesidades de su gente. El embargo existe, sí, pero la historia demuestra que no es el único factor que determina el destino de un país.
Ahí están los ejemplos que incomodan:
Viet-Nam, devastado por una guerra brutal, aislado durante años, logró reconstruirse y avanzar cuando decidió reformar su modelo económico en 1986. No renunció a su identidad política, pero sí entendió que la ideología no alimenta a nadie.
China, tras el desastre del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, abrió su economía en 1978. No fue un gesto ideológico, sino un acto de supervivencia nacional.
La propia Unión Soviética, que durante décadas culpó al “cerco imperialista” de sus carencias, terminó derrumbándose por la incapacidad de su sistema para sostener a su población.
Estos ejemplos no son recetas, pero sí recordatorios: los pueblos no pueden vivir eternamente de consignas.
Lo que me alarma no es solo la defensa del embargo como causa única, sino algo más grave: la justificación del sistema que realmente asfixia a la isla. La izquierda que dice defender al pueblo cubano termina alentándolo a resistir inhumanamente, a soportar lo insoportable, con tal de sostener una idea. Esa exigencia —hecha desde la distancia, desde la comodidad, desde la teoría— es una forma de crueldad.
La historia también conoce ese patrón:
En Camboya, los defensores externos del experimento de Pol Pot hablaban de “errores” mientras millones morían.
En Nicaragua, durante los años 80, parte de la izquierda internacional justificaba la represión interna como un “mal necesario”.
En Chile, hubo quienes defendieron a la dictadura de Pinochet porque “salvaba al país del comunismo”.
La crueldad no tiene color político: aparece cuando una idea vale más que la vida de la gente.
Es poco probable que el imperialismo deje de presionar a Cuba. Pero si de verdad se piensa en el bienestar del pueblo cubano, la pregunta honesta no es “¿cómo defendemos el sistema?”, sino “qué es lo mejor para la gente que vive allí, ahora mismo?”. Y mantener el comunismo a ultranza, como si fuera un dogma intocable, no parece ser la respuesta. Lo que está ocurriendo hoy ya es lo peor.
Cuba necesita abrirse, dialogar, buscar caminos para una transición pacífica hacia la democracia. Puede incomodar a la izquierda, puede parecer peligroso, pero es más peligroso seguir como hasta ahora. La reconciliación y el bienestar del pueblo deberían estar por encima de cualquier ideología.
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