La pobreza no
siempre nace de la falta de recursos. A veces nace mucho antes, en un
territorio más íntimo: la mente.
No hablo de la pobreza
material —esa que es estructural, histórica y muchas veces
impuesta— sino de la pobreza
interior, esa que
se instala como un relato silencioso y termina moldeando la forma en
que una persona se percibe a sí misma y al mundo.
La pobreza interior
no es un estado: es una narrativa.
Una
historia que se hereda, se repite, se normaliza.
Y como toda
narrativa, tiene sus pilares.
Cuatro pensamientos la sostienen:
Ignorancia
No es ausencia de
inteligencia, sino ausencia de horizonte.
Es vivir dentro de un
mapa reducido, sin saber que existen otros caminos posibles.
La
ignorancia estrecha la vida hasta convertirla en un único destino.
Apatía
La energía que se
apaga.
La voluntad que se disuelve.
Ese “da igual” que
termina costando demasiado.
La apatía es la renuncia antes de
intentar.
Miedo
El guardián de todas las
fronteras interiores.
Miedo a perder lo poco que se tiene, a
fallar, a cambiar, a exponerse.
El miedo convierte incluso lo
posible en amenaza.
Es la cárcel más eficiente porque no
necesita barrotes.
Resignación
La más sutil y la más
corrosiva.
La voz que dice: “Esto es lo que me tocó”, “así
ha sido siempre”.
La resignación no es aceptación: es
rendición.
Es convertir la carencia en identidad.
Estos pensamientos
no describen a las personas, sino a los sistemas
mentales que pueden
atraparlas.
Son estructuras invisibles que se transmiten de
generación en generación, como un eco que nadie cuestiona.
Pero
toda narrativa puede reescribirse.
La pobreza interior
no se combate con dinero, sino con conciencia.
Con
la capacidad de mirar hacia adentro y reconocer la voz que habla.
Con
el gesto íntimo de decir: esto
no es destino, es aprendizaje.
Y
con la valentía de imaginar una vida más amplia que la que nos
enseñaron a aceptar.
Porque la verdadera riqueza no empieza en lo que se tiene, sino en lo que se cree posible.
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