No toda mujer en el poder encarna liderazgo femenino


La historia está llena de mujeres que gobernaron imperios, reinos y ejércitos. Pero su presencia en el poder no siempre transformó la lógica del poder mismo. Esta reflexión no va sobre “mujeres famosas”, sino sobre la naturaleza del liderazgo.

Puedo nombrar ejemplos de la antigüedad, como la reina Hatshepsut, quien reinó en Egipto en el siglo XV a. C., proclamándose faraón y adoptando la iconografía y los códigos masculinos del poder. También Cleopatra VII Philopator, quien no llegó a faraón, pero gobernó un imperio dentro de estructuras profundamente patriarcales.

En la Edad Media, Juana de Arco adoptó códigos masculinos —incluida la ropa— para acceder al espacio militar y ejercer su liderazgo.

Siguieron otras como espejos del patriarcado. No las voy a nombrar a todas, son muchas: la reina Isabel I en Inglaterra e Irlanda; Catalina la Grande en Rusia, una mujer que alcanzó el poder absoluto y lo administró con eficacia; Margaret Thatcher, Primera Ministra del Reino Unido, quien llegó a la cúspide del poder para reforzar precisamente la arquitectura patriarcal del liderazgo.

Tampoco voy a mencionar a las que se disfrazaron de hombres para acceder a espacios vetados para las mujeres, empleos y oficios.

Todo su liderazgo se vio moldeado por las reglas del juego patriarcal. Las gobernantes ejercieron su poder desde estructuras creadas por hombres para hombres. Para ser aceptadas, tuvieron que adoptar códigos masculinos de autoridad. Su poder se legitimó imitando modelos existentes, no transformándolos. En muchos casos, su ascenso exigió renunciar a lo femenino como valor político. En una metáfora: “Para entrar al palacio, tuvieron que dejar su voz en la puerta.”

Quiero diferenciar el “liderazgo ejercido por mujeres” del “liderazgo femenino”.
La historia nos muestra que una mujer puede ocupar el trono sin cuestionar la forma del trono. En mi opinión, el liderazgo ejercido por mujeres describe un hecho biográfico; el liderazgo femenino describe una forma de estar en el mundo, una ética, una sensibilidad, una manera de relacionarse con el poder.

¿Qué es entonces el liderazgo femenino? Aunque no me atrevo a definirlo rígidamente:

  • No se basa en la fuerza, sino en la presencia.

  • No busca dominar, sino vincular.

  • No se legitima por jerarquía, sino por coherencia.

  • No se impone, sino que convoca.

  • No reproduce estructuras, sino que las transforma desde dentro.

Llegados a este punto, otra metáfora: “El liderazgo femenino no entra en la sala golpeando la mesa. Entra abriendo ventanas.”

Si bien las mujeres del pasado abrieron grietas, no pudieron cambiar el edificio. Hoy, el desafío no es ocupar el poder, sino reimaginarlo. El liderazgo femenino no es una cuota ni una biografía: es una posibilidad civilizatoria.

Y quizá la pregunta que nos toca hoy no es quién gobierna, sino desde dónde. Porque el poder que no se transforma, se repite. Y el liderazgo femenino —cuando es auténtico— no repite: inaugura.

¿Qué formas de liderazgo necesitamos para que el poder deje de ser un arma y se convierta en un espacio de encuentro?

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