El sadismo y el masoquismo suelen asociarse a prácticas sexuales que combinan placer y dolor. Pero ¿y si esas pulsiones no fueran exclusivas del ámbito íntimo? ¿Y si estuvieran presentes —de forma invisible— en la vida social?
Vivimos en sociedades que nos condicionan para
sufrir… y al mismo tiempo nos enseñan a defender esas mismas
estructuras que nos oprimen.
¿No
es eso una forma de sadomasoquismo colectivo?
La sexualidad no es un fenómeno aislado. Es una energía que nos acompaña siempre, que se expresa en gestos, en vínculos, en estructuras. No hace falta “sexo explícito” para que el deseo y el dolor se manifiesten.
El servilismo, en mi opinión, es una secuela del
masoquismo.
La prepotencia, la fachada del sadismo.
Y los
sistemas de Poder refuerzan ambos: cultivan el fanatismo, enarbolan
el nacionalismo, y justifican el dolor en nombre de la gloria.
Nos enseñan a obedecer, a sacrificarnos, a sufrir
por una causa que no elegimos.
Nos adoctrinan para defender una
tierra que, como planeta, pertenece a todos por igual.
Nos
reclutan para guerras, para sistemas, para ideologías que nos exigen
dolor como prueba de lealtad.
¿Dónde está el placer en todo esto?
Tal vez en la obediencia. Tal vez en la ilusión de
pertenecer.
Tal vez en el deseo de ser aceptados por el sistema
que nos castiga.
Pero hay otra posibilidad.
Una posibilidad
que nace cuando la conciencia se despierta y se pregunta:
¿Por
qué sufro? ¿Por qué obedezco? ¿A quién sirve mi dolor?
Cuando esa pregunta se instala, el
sadomasoquismo social empieza a desmoronarse.
Y aparece algo
nuevo: la libertad de elegir,
de sentir, de vivir sin dolor impuesto.
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