¿Te gusta obedecer?

 


Aunque te incomode leerlo, hay algo en ti —en todos nosotros— que se pliega sin resistencia. Nos han hecho creer que somos libres, que decidimos por cuenta propia, y cualquier cosa que roce nuestra autoestima es inmediatamente negada. Pero vale la pena preguntarse: ¿cuán libre eres realmente si tu individualismo viene ya uniformado?

La sociedad está diseñada para que obedezcamos sin darnos cuenta: leyes, normas, formalidades, rituales, protocolos, jerarquías… Todo un entramado que moldea nuestra conducta desde que nacemos. Y lo más perturbador es que lo aceptamos como natural. La estructura piramidal que organiza nuestras vidas evita la anarquía, sí, pero también concentra el poder y favorece el centralismo. Nos educan para encajar, no para cuestionar.

Dependemos colectivamente de credos, valores, hábitos y conductas heredadas generación tras generación. Estamos convencidos de ser únicos, pero marchamos como un rebaño guiado por quienes manipulan ideas y conciencia. De pronto, los jóvenes llevan el mismo afeitado, se visten igual, se disuelven en la multitud de los estadios donde enormes bocinas les inyectan la droga de la música. Todos creen ser distintos mientras llevan la misma piel del rebaño.

Y si te atreves a ser diferente, te separan, te castigan o te silencian. El individualismo solo parece permitido cuando se expresa en masa, justo donde la individualidad se pierde.

Y quizá lo más inquietante es esto: no necesitamos cadenas para obedecer. La mayor prisión no es la sociedad, sino la comodidad de seguir la corriente. Romperla exige un gesto simple y feroz: abrir los ojos cuando otros prefieren dormir.

Comentarios