jueves, 21 de octubre de 2010

El Ermitage, el monstruo

Recuerdo de verano No. 7

Cuando le dije al vikingo dónde pensaba ir, se acurrucó en la cama y con voz a punto de bostezar me dijo “Cuídate del monstruo.”

Con muchas ganas de absorber la cultura de estos predios me adentré en el patio central del Palacio de Invierno a la captura del ticket de entrada. Lo suponía: tremenda cola. ¿Cuánto tiempo podré esperar? ¿Cómo me cuelo? Merodeando aquí y allá en busca de un hueco por dónde meterme descubrí que los turistas se aglomeraban en las dos taquillas visibles, pero si un listo como yo se adentraba un poco en el salón como no queriendo entrar pero ya estaba adentro, encontraba una taquilla prácticamente sin cola para hacer pagar a esos, a los listos. Esta fue una buenísima idea que me evitó una hora de cola de turistas disciplinados. “Pasaporte”, retumbó grave la voz de la vendedora que utilizaba un altavoz fortísimo para turistas sordos o desentendidos. “¿Le sirve igual la copia?”, le pregunté en un sobresalto. Si esta mujer se me cuadraba a lo cubano y no me dejaba entrar después de tanta ilusión y casi frente a la Escalera Principal del Palacio le iba armar un tintingó aunque no se enterase de nada. Para mi asombro sonrió. No estaba enojada, su voz resonaba como el eco del hada Maléfica, pero era una señora regordeta con cara bonachona. Contempló la fotocopia (de paso le pasé también la de mi visado, por si acaso), escribió números en un papel y me habló en ruso. Hice como el que había entendido todo, le di el dinero y esperé el vuelto, que no soy rico. Con el billete de entrada en la mano me proyecté salón arriba para subir majestuosamente la escalera de Los Embajadores.

Puedo decir que he cumplido uno de mis grandes sueños al visitar este colosal museo, el mayor de Rusia y uno de los más grandes del mundo. Se estima que para apreciar todas las colecciones (tres millones de muestras) que alberga se necesitaría andar 22 kilómetros a través de más de cuatrocientas salas. Si te parases un minuto frente a cada obra en jornadas de 8 horas, tardarías 15 años en recorrerlo.
Fue la emperatriz Catalina la Grande quien inauguró la primera exhibición en 1764 con las obras de maestros de Europa occidental compradas a un comerciante alemán.
El museo se extiende a lo largo de varios edificios conectados entre sí y erigidos frente al malecón del río Neva. La construcción principal la ocupa el Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares rusos. A este le siguen el Pequeño Ermitage, el Viejo Ermitage, el teatro del Ermitage (todos del siglo XVIII) y el Nuevo Ermitage (siglo XIX). Además, al museo pertenecen el palacio de Ménshikov en la isla Vasíliesvski y un sector del edificio del Estado Mayor en la plaza del Palacio.
Para no ser pretensioso y al mismo tiempo realista, mi intención era ver lo más importante; reduje mi perspectiva a 4 horas, las que quedaban hasta la hora del cierre. Pero lo “importante”, en estas circunstancias, es relativo. Casi todo me deslumbró, miraba alrededor y cada detalle que apreciaba –columnas, cortinas, lámparas, techos, estucados, el arte monumental y aplicado ruso– resultaban apasionantes. También las vistas desde los ventanales: el delta ante la isla Vasíliesvski, barcazas y botes formando olas en el río, la torre de aguja dorada de la catedral de San Pedro y San Pablo… Obligatoriamente tuve que detenerme en la imponente sala del Egipto Antiguo y en las de Mesopotamia y Grecia, también en lo concerniente al arte etrusco, las tribus de Siberia, los retratos escultóricos romanos, los monumentos escitas… Miré el reloj. Iba bien, apenas había consumido una hora y mira cuánto ya había visto.


Me relajé, la excitación por entrar había pasado. Dentro del recinto, andaba como si flotara. Creí comenzar a disfrutar, retrocedí para ver aquella obra que no pude admirar porque un grupo con guía la había bloqueado. Fui hacia aquella otra, ante la que todo el mundo se detenía. Claro está, era La virgen con el niño, de Leonardo da Vinci.


Me impresionó de verdad, fui y volví sin una dirección fija, miré hacia arriba porque todos lo hacían, contemplé las pinturas del techo, las columnas negras y los capiteles dorados. Consumí allí la mitad del tiempo. Aún no había prisa, miré el plano: 4 edificios de dos plantas, había recorrido las plantas inferiores de dos de ellos y la segunda del Viejo Ermitage. Sólo faltaba el 75 por ciento de las muestras. Aligeré el paso, comencé a ser selectivo. Renacimiento. Barroco. Sala de los paisajistas. Sala de las Naturalezas Muertas. Me quedaba una hora. Pintura de interiores...

¡Fragonard con el Beso robado del amante! ¡Alabado, mi madre! ¡Allí estaba la mismísima Danae, de Rembrandt! Deliré en pleno Rococó y después con la pintura romántica y sin saber cómo, anonadado, me encontré en la gran sala del trono de Pedro I en el Palacio de Invierno.

30 minutos para cerrar. Seguí, no me detuve, demasiada amplitud me asustó. Se aceleró el pulso. Pintura holandesa. 25 minutos. Estaba realmente fascinado y cansado. Tuve que hacer una pausa si quería continuar ligero. Tomé aire en secuencia, aspiración, expiración, tomar y soltar. Músculos relajados, rostro feliz.


Otra vez a la andada. Miré aquí y allá sin detenerme. Mientras el ojo derecho observaba a Pieter de Hooch el izquierdo se entretenía con Rubens. Tuve la impresión de asistir a esos cursos que se ofrecen con la consigna “Aprenda Arte Universal en una tarde”. Pronto cerrarían el museo, las veladoras se movían inquietas, se estaban preparando para… Escuché una puerta cerrarse, en esa sala no pude entrar. Ni en esa otra que la hoja de la puerta sacudió mi nariz. Como no era adivino, ojos que no ven… pies que no se cansan. Retrocedí. ¡Picasso! Una muestra itinerante traída del museo del Louvre. Menos de quince minutos para recorrerla y seguir a dónde se pueda. Con beneplácito llegué a las salas rusas, la magnífica sala de los pabellones en el Pequeño Ermitage, quedé boquiabierto, y frente a mí, el Pavo Real de Oro.


“La salida no es por ahí”, me dijo una vigilante. Bajé o subí escaleras, no recuerdo, me perdí en laberintos, larguísimos corredores con gobelinos. Pintura alemana. ¿Dónde está la salida?


El corazón latía de prisa. Con tantas emociones creo que había llegado al límite. Mi deseo profundo era salir de aquel sitio. Bajé escaleras por debajo del nivel central y me sorprendieron enormes cajas de muestras empaquetadas, o por desempaquetar. Le pregunté a alguien –a mi manera ruso-inglich-cubano– por la puñetera salida. ¡A 400 metros en dirección contraria al camino recorrido!

Hora de cierre. Los altavoces anunciaron que los visitantes debían retirarse. Un nuevo bombardeo de sangre hacia mi cerebro. Subí escaleras estrechas y anchas, como un poseso. Otra vez, como por arte de magia, me hallaba en la gran sala del trono. Había tenido la intuición de que regresaría y allí estaba yo en el centro de un enorme salón de columnas y paredes blancas con capiteles, lámparas y estucados de oro. Vi al zar sentado en su trono y gente con vestidos de época que se preparaban para una gran fiesta. Huí. ¡Picasso, otra vez! “¡Hello, Míster, we’re close now!” Bajé escaleras. ¿Dónde coño estaba? El plano no me servía de nada, de tan nervioso no lograba ubicar las áreas. Estaba mareado y sin fuerzas contemplaba a las figuras de Matisse danzando a mi alrededor. Renoir, Degas, Monet. Columnas, ventanales, rosetones, todos se distorsionaba a la manera de Vang Gogh. Las obras giraban sin parar o era yo quien daba vueltas en pleno éxtasis. Traté de pararme aunque fuera sólo un segundo. “¡For here, please. Don’touch, míster!” Ni siquiera me permitieron sentarme, avancé como un autómata bajo arcos, salones y columnatas, sin mirar a ninguna parte, me concentré únicamente en los carteles con la flecha EXIT. ¿Estaba realmente en el Ermitage o era todo aquello la payasada de un sueño?
Debía despertar y por fin lo hice, el aire de la ciudad golpeó con fuerza mi cara. Estuve parado un largo rato frente al río, de espaldas a la mole de arte de la que había conseguido librarme. Respiré sosegado, aire natural y puro. Con cierto temor fui dándome la vuelta, temía caer otra vez en las fauces del monstruo que me había vomitado. Estaba salvado.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Migue, he leído con mucho placer tu crónica de la visita al Ermitage que disfruté mucho y me hizo recordar la mía a la National Galery, en Londres. Eres muy bueno haciendo estas postales de viaje. Recuerdo la que hiciste de UK. ¿Ya pensaste en publicarlas en libro? Mi mente deformada de editor siempre piensa en libros.

Un abrazo
miche

Jorge dijo...

Me encantó. Estuviste en los castillos de Pushkina y el de Ekaterina, también en las afueras de Sant Petersburgo?

Misuangelo dijo...

Miche, me alegra te haya gustado mi crónica. Creo que algo parecido sentimos todos cuando tenemos ante sí trozos tan inmensos de naturaleza o, como en este caso, la cultura de la humanidad reunida en tan pocos metros cuadrados. Uno quisiera controlarse, pero es imposible no pretender, al menos intentar, mirarlo todo. Al final, agotado, termina uno por admitir lo insignificante que somos.
Jorge, lamentablemente no pude conocer los palacios que mencionas. Son demasiados.

Pelusa dijo...

Ja! Asi me pasa tambien a mi cuando visito uno de estos monstruos!
En Madrid planeaba ver el Reina sofia, El prado y la Galeria Thyssen en una tarde. Por suerte los dos primeros estaban cerrados, de lo contrario creo que aun estuviera por alli!
Muy bien contado, la verdad. Felicidades!
Besos!

Silvita dijo...

Ermitagefobia? Qué angustia, mi hermano! Me alegra que hayas ido, y que tu sueño se haya hecho realidad, a pesar del susto. Va y los cartelitos de "salida" son las piezas más miradas del museo... no sé, se me ocurre ahora.
Tú crees que volverás?

Misuangelo dijo...

Jajaja, Silvita, al final creo que vas a tener razón. Me gustaría regresar, por puro masoquismo, para ver aquellas obras que me faltaron.
Pelusita, yo creo que todos los que hemos visitado grandes museos experimentamos impresiones similares. Existe una enfermedad o síntoma asociado a los museos (no recuerdo el nombre) que produce estados de agobio y otras reacciones cuando uno ve o admira determinadas obras de arte.

Anónimo dijo...

Míguel: Gracias por este reportaje: Ahora debes hacer uno sobre el Escorial y La Alhambra de Granada cuando vuelvas a España.
Alberto Lauro