Yo nací y crecí en una Cuba socialista. Mi padre fue un revolucionario fecundo, un hombre que creyó con todo su corazón en la promesa de un mundo más justo. Mi relación con la izquierda no es intelectual ni distante: es íntima, doméstica, heredada. Yo también creí. Creí en la igualdad, en la justicia, en la dignidad compartida. Creí hasta que la vida me mostró, poco a poco, que entre la idea y la práctica se abría un abismo que ya no podía ignorar. Porque un país no se sostiene con consignas ni con sacrificios impuestos en nombre de la patria.
En mi camino por Europa he conocido a muchos latinoamericanos que aún abrazan el sueño socialista. Muchos de ellos son mis amigos, personas nobles, sensibles, generosas. Coincidimos en casi todo, menos en lo político. Y aun así los quiero. Porque sé que sus ideales nacen del deseo de un mundo mejor, no del odio ni del fanatismo.
Pero también sé que el sueño de la izquierda se
quebró hace mucho tiempo. La caída del Muro de Berlín no fue solo
un evento histórico: fue la evidencia de que un sistema que prometía
igualdad terminó asfixiando al individuo.
No
dudo de la pureza de muchos ideales, pero sí del camino que los
volvió imposibles.
Las doctrinas totalitarias,
incluso cuando nacen de los ideales más altos, se vuelven opresoras
cuando borran la diferencia, cuando exigen uniformidad, cuando
sacrifican la vida concreta en nombre de una abstracción.
Cuba es un ejemplo doloroso de ese quiebre. Un país que ha resistido durante décadas el peso del imperialismo que tiene frente a sus narices. Esa resistencia, para la izquierda, es un símbolo: mientras Cuba exista, existe la esperanza de que otro mundo es posible. Pero esa resistencia se ha sostenido a un costo insoportable: la condena a la miseria de todo un pueblo. Sesenta y siete años después del triunfo de la Revolución, Cuba es un país dividido, fragmentado, exhausto. Éxodo, pobreza, resignación: esos son los frutos del socialismo cubano. No puede ser bueno un país donde el mayor anhelo de su gente es irse.
El dilema se vuelve más profundo cuando pensamos en el futuro. ¿Cómo cambiar un sistema que ya no funciona sin caer en las fauces del imperialismo que espera su oportunidad? Mis amigos de izquierda —pacifistas, sensibles, solidarios— reconocen el sufrimiento del pueblo cubano. Lo ven, lo sienten. Pero entregar el país al imperialismo, jamás. Y entonces repiten consignas que duelen: “Cuba resistirá hasta la última gota de sangre”, “morir por la patria es vivir”.
¿Qué sentido tiene defender un país si su gente se muere dentro de él?
Yo escucho esas frases y me pregunto: ¿qué madre desea la muerte de sus hijos? La historia está llena de madres que entregan a sus hijos en adopción cuando no pueden cuidarlos, pero casi no hay madres que prefieran verlos morir antes que dejarlos ir.
Metafóricamente, eso es lo que hace hoy el gobierno cubano: inmolar a su propio pueblo en nombre de una idea. Y la izquierda aplaude esa inmolación como si fuera un acto heroico. A mí me entristece. Me duele ver cómo personas buenas, con sueños rotos, defienden un sacrificio que no les tocará a ellos, sino a los cubanos que siguen allí, sobreviviendo día a día.
Yo no quiero convencer a nadie. No quiero ganar un
debate. Quiero hablar desde el amor, desde la memoria, desde la
responsabilidad de quien ha vivido en carne propia aquello que otros
defienden desde lejos. Quiero decirles que los sueños torcidos
pueden enderezarse.
Que
no necesitamos violenci
a ni consignas, sino reconciliación, humildad y la certeza de que la paz y el bienestar nos pertenecen a todos.
No renuncio al sueño de un mundo más justo. Renuncio a la idea de que ese sueño debe prolongarse sobre el sufrimiento de un pueblo. Y ojalá algún día podamos mirarnos a los ojos —los que se quedaron, los que se fueron, los que aún creen y los que ya no— y preguntarnos juntos si este era realmente el sueño.
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