Una furia incontrolada me atraviesa y me obliga a escribir con
frenesí. Son ráfagas de ideas que no alcanzo a atraparlas todas.
Revolotean, danzan, se burlan de mí mientras intento seguirles el
paso.
Hacía años que no recibía tantos mensajes siderales.
¿De dónde brotan estas ideas?
En medio del vendaval, bailo con ellas. Y, de pronto, me dejo caer en su remolino y permito que me arrastren.
Solo así comprendo que, al tiempo que me sacuden, también me sostienen. En ese laberinto algo empieza a aclararse. No intento expulsar nada: no hay odio, no hay resentimiento. Algo en mi interior ha cambiado; he bajado el tono. Ya no soy juez ni erudito. Soy una voz que resuena para convocar otras voces, para abrir espacio a nuevas ideas.
Escribo para compartir, no para iluminar. No pretendo convencer; invito a cuestionar.
Y en esta furia, la edad me mantiene sereno y la alegría de vivir, despierto.
Comentarios