Cuando escribo sobre dinámicas de poder, dolor social, violencia simbólica o estructuras que incomodan, sé que mucha gente lee, piensa, se remueve… pero no necesariamente interactúa. Para mí, el silencio no es desinterés. Es incomodidad. Es impacto.
Un amigo me decía que estos textos “deberían
llegar a miles”. Yo le respondí algo que sigo creyendo
profundamente:
No dar “me
gusta” es, muchas veces, una forma de protegerse de la exposición
pública.
No comentar es una manera de evitar quedar asociado a
un tema incómodo.
Además, soy consciente de que las plataformas premian lo rápido, lo emocionalmente fácil, lo compartible sin riesgo. Lo que no exige reflexión.
Pero yo no escribo para entretener.
Escribo
para despertar. Para desarmar. Para abrir grietas en la percepción.
Este tipo de escritura no
busca aplausos inmediatos, sino ecos que llegan más tarde, cuando
algo dentro se acomoda distinto.
Hay textos que se leen en silencio.
Hay
textos que transforman.
Y
esa es mi labor: escribir
en otra frecuencia, lejos del
ruido que el paradigma social impone.
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