En 1978, Tomás Gutiérrez Alea filmó Los sobrevivientes, una sátira feroz sobre una familia aristocrática que, tras la Revolución Cubana, decide aislarse del mundo esperando que el viejo orden regrese. Se encierran en su mansión, consumen sus reservas, niegan la realidad, y terminan en ruina.
Hoy, esa película resuena como una metáfora invertida.
La Revolución que prometía justicia social se ha convertido en una élite cerrada que, incapaz de renovarse, se aísla del mundo y se consume en los restos de sus propios ideales, mientras el pueblo sobrevive en la indigencia.
La mansión de los Orozco es ahora la isla entera.
El empecinamiento en no cambiar, en no abrirse, en no escuchar, ha convertido la promesa en abandono.
Ni las soluciones improvisadas ni los discursos heroicos alimentan a un pueblo.
Ni la nostalgia ni el control sostienen la dignidad.
La historia se
repite, pero con nuevos protagonistas.
Y esta vez, los que
sobrevivirán no serán los que se encierren, sino los que
despierten.
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