¿Por qué los hombres no deberían gobernar?
Es una pregunta incómoda. Pero necesaria. Durante siglos, el poder ha tenido rostro masculino. Y no por azar. La biología del hombre —testosterona, impulso, competitividad— favorece la acción rápida, la conquista, la defensa del territorio. Pero también la ira, la venganza, el deseo de dominio. Un profesor universitario dijo alguna vez: “La historia del hombre puede medirse por la historia de sus guerras.” Y esa frase, aunque dura, revela algo profundo. El liderazgo masculino ha estado marcado por la lógica del enfrentamiento, por la necesidad de vencer, de controlar, de imponer. La psicología del hombre, moldeada por generaciones de jerarquía y mandato, ha aprendido a asociar liderazgo con fuerza, superioridad y control. Y en ese modelo, la escucha se debilita. La empatía se posterga. La ternura se oculta. No es que los hombres no puedan liderar. Es que el tipo de liderazgo que el mundo necesita hoy —circular, sensible, colaborativo, regenerativo— no se cultiva fácilm...