domingo, 22 de febrero de 2009

Viaje a Yukey


Walter Scott Monument, Edinburgh Como vengo hablando inglés, les traduzco: Yukey quiere decir UK, abreviatura de Reino Unido y hago esta advertencia porque para mí todos eran ingleses hasta que un escocés se enojó y me lo hizo saber pues aunque hablen english y conformen un mismo Estado, vaya, es como si a un habanero le dijeran "oye tú, oriental".
Para empezar les cuento que el sistema de vigilancia es agotador. En cualquier lugar hay uno ojo que te ve. Me refiero a las cámaras en las guaguas, los mercados, las plazas, las calles, las entradas de los edificios, los ascensores y los aeropuertos. Y te lo hacen saber para que sonrías y te portes bien. En cualquier parte hay una pantalla de televisor donde puedes ver tu cara, tu abrigo o tus pantalones. Si bien es es una forma de protección contra los vándalos del terror llega a ser incómodo pues tu privacidad se anula. ¿Dónde puedo sacarme un moco sin que me filmen? Viven con pánico, fue mi impresión. Cada vez que vas a montar un avión, aparte de todas las medidas de seguridad y la prohibición de líquidos y metales, también hay que quitarse los zapatos para que sean escaneados. Cuando hicimos el trasbordo de avión de Londres a Edinburgo, perdón, London-Edinburgh (recuerden que vengo hablando inglich) nos hicieron una foto que luego al subir al avión hacia Edinburgh apareció milagrosamente en la computadora del personal que atiende el check in. En fin, que estuvimos y estamos registrados con pelos y granos. Luego critican al sistema de seguridad y control cubanos llamándole dictadura.
Edimburgo es una ciudad bonita con edificios de piedras grises. En la zona del centro histórico, la mayoría de los edificios son antiguos, del siglo XIX, con fachadas de estilo victoriano. Los techos grises a dos aguas están ornamentados funcionalmente con crestas con chimeneas grises que me hicieron evocar a Mery Poppins y los deshollinadores bailando y saltando de una azotea a otra. Como estuvimos en invierno, la gente viste de negro y gris, el cielo es gris y el mar, en lontananza, se descubre por su intenso color gris. Las calles y sus pavimentos son grises. En fin, Edimburgo es una ciudad gris. Para colmo, pedí en una cafetería un black coffe y me sirvieron un blek kaffe a tono con el color de la ciudad.
Andando por esas calles, haciendo fotos, sintiéndome plenamente turista en imponente ciudad gris, Anders y yo prestábamos atención al guía que nos iba narrando las historias de los majestuosos edificios grises, el castillo inexpugnable en la cima de una colina (hoy blanco perfecto para los mísiles de largo alcance) y el extenso burgo que fue creciendo alrededor de la fortaleza y que poco a poco conformó la ciudad. Al rato, perdimos el interés por aquella plática grandilocuente en dialecto escocés. Anders me había prometido traducir la información pero confesó, cansado, que por más que escuchaba el discurso del guía, menos le entendía; también necesitaba un traductor. Así fue que en una pausa, o en cruce de semáforos... ¡Cuidado! El vikingo se empeñaba en mirar a la izquierda cuando los autos en este Reino vienen sorpresivamente por la derecha. Después de recuperar el aliento, nos despedimos del grupo y nos fuimos a turistear por nuestra cuenta. Y tanto caminamos curioseando aquí y allá que perdí de vista al gigante de los bigotes largos. Yo no tenía la dirección donde estábamos parando, recién empezaba a balbucear excuse me, please and thank you. A quién preguntar dónde me encontraba, tantas calles retorcidas y grises todas, adónde dirigir mi vista y mis pasos. Tampoco traía el móvil conmigo, no podía llamar ni recibir llamada. Decidí entonces pensar con lógica: si los planetas giran alrededor del sol y los satélites alrededor de los planetas; si todo gira en constante y cíclico movimiento, mejor será que me quede quieto y espere a que Anders pase por aquí.
– Hello, Anders, det viste jag att du skulle komma förbi. (Para los que no hablan sueco: sabía que pasarías por aquí)
En la segunda noche edimburgoniana me volqué de lleno a practicar lo aprendido con mi englomanía escostesquiana. Visitamos un bar gay donde los baños quedaban en el sótano y en el sótano había cavidades oscuras y en las cavidades oscuras se refugiaban sombras. Pues nada mejor para entrenarme con esos desconocidos, me dije socarronamente –porque de ingenuo no me queda ni el hoyo de la barbilla. Y fue así que logré comunicarme con entusiasmo, vaya que sí, con aquellos kåta skottar killar alternando recíprocamente Oh yeah... Oh... yeah... oh... yesssssss. Aquellas sombras grises… Edimburgo es una ciudad bonita. Y gris.
Anders & Miguel con kilt
Y para completar nuestra estancia nada mejor que comprarse un kilt Stuard Royal con su sporan de piel de armiño y su cinto de cuero, sus medias gruesas de lana y el alfiler plateado (o prendedor) que distingue a la familia de quien lo lleva. El vendedor también me quería convoyar una corbata que hacía juego con el kilt, las ligas para las medias, un sombrerito muy chulo y eh... eh... stop men, I only have 120 pound. It’s enough! (Cómo disfruto hablar inglich)
La cena de gala que ofreció el MSC de Scotland fue regia, puedo decir. Una cena sólo para hombres vestidos con sayitas a cuadros. En la gran cena, para nuestro honor y envidia del resto de los invitados a la gala, Mr. Viking and me, fuimos colocados en la mesa presidencial donde nos esperaban sentados el Presidente del MSC, sus acólitos y el huésped de honor Mr. Leather Europe 2008. Menú de la cena: Potato and leek soup/ Haggis (tripa molida de ganado ovino muy bien condimentada) / Raspberry Cranachen and Coffee & Mints. La ceremonia para la partición del haggis fue impresionante. Al sonido de la gaita, dos actores aparecieron entre las mesas con una vaca holstein inflable que era utilizada como instrumento musical. Con una flautas de goma los actores soplaban el culo a la vaca para que produjera música. Después de las risas, dos servidores presentaron al presidente del club una bandeja de plata con el haggis cocido en el interior del estómago de una oveja (como si fuera una enorme morcilla inflada). El presidente se levantó y los invitados hicimos silencio. Hizo un discurso, en inglés por supuesto, por lo que no les puedo contar nada de lo que dijo. En el momento menos inesperado alzó la voz y, como un samuari, cercenó aquél estómago con un enorme cuchillo. El público aplaudió y yo los imité. A comer. Como sobremesa, varios de los haggianos comensales leyeron poesías del poeta Robert Burns y cantaron sus canciones. “For auld lang syne, my dear/ For auld lang syne/ We’ll tak a cup o’ kindness yet/ For auld lang syne”. Las poesías divertían a los presentes y yo, subiendo el tono, con varias copitas de ponche y whisky, aplaudía y me reía a carcajadas dando manotazos sobre mis muslos, a veces sobre la mesa, para demostrar cuánto me complacían aquellas lecturas. El bigotudo de mi izquierda me dio brusco codazo cual vikingo de su estirpe y por lo bajo, con voz del dios Thor que lo escuchó casi todo el mundo, me dijo que las poesías eran una sátira intelectual, aquello no era un circo. Ta det lugnt! (Tranquilo, Miguel)
Cena con haggis
Lo que no quiero recordar es el regreso al apartamento de nuestro anfitrión escocés, caminando a la intemperie con menos dos grados Celsius de temperatura y en sayitas. Las rodillas se me congelaron, eran trocitos de hielo. De Edimburgo me gusta, su recuerdo.
El viaje a Londres fue una odisea. Afectado el territorio nacional por warning tormenta de nieve los aeropuertos cerraron. Después de chequear nuestros equipajes, haber pasado por el detector de metales y líquidos, quitarnos los zapatos y sonreír a la cámara para la foto, estuvimos esperando más de diez horas por lo que llamaban la próxima información hasta que cabreado le dije al vikingo de los bruscos codazos, oye, vamo’ echando que el avión no vuela hoy. Y qué razón tenía. Aún así, tuvimos mejor suerte que los que volaban a Ámsterdam pues aquellos habían subido ya a la nave y estuvieron encerrado más de tres horas dentro de aquél cilindro con escotillas para finalmente desembarcar en el mismo sitio sin haber levantado un metro del suelo. Recuperamos nuestros equipajes y la agencia de vuelo, en compensación, nos regaló tickets por valor de 6 pound para que merendáramos una bobería, porque con esa bagatela sólo alcanzaba para un sandwich y un café. Yo pedí chocolate caliente y con mi dinero completé el pedido. A propósito, el hot chocolate británico es exquisito. La noche la pasamos en un enorme apartamento de otro escocés que tuvo a bien recibirnos para que pernoctáramos. No había visto nunca un apartamento victoriano por dentro. Que lujo, cuántos espacios, antiguallas, ventanales, puertas de cedro, cortinas de damasco, muebles de época, adornos de bronce y cosas innecesarias. Con fortuna, al día siguiente, volamos bien. La tormenta de nieve había cesado.
La estancia en Londres la resumo. Ciudad con más de 9 millones de habitantes (la población de toda Suecia), cosmopolita por excelencia con un sinnúmero de etnias, culturas, y religiones (de todos los países que conquistaron.) La ciudad es enorme, no se acaba nunca. Subidos al mirador London Eye (Paris hjul para los suecos, estrella para los cubanos) no llegamos a ver los límites de la ciudad. Bueno, era bastante difícil distinguir alguna cosa pues Londres es famoso por su neblina y sus lluvias y en invierno pa’ qué coño me subí en aquella rueda giratoria: pa’ ver qué cosa. En realidad pagamos medio pasaje pues nuestro anfitrión en Londres (un escocés con acento de Glasgow que ni Anders comprendía) pagó los billetes con su tarjeta de incapacitado físico. Yo me hice pasar por incapacitado y el bigotudo por mi acompañante. El anfitrión nos esperó tomando un té en una cafetería cercana.
Vista desde London eye
Este hombre es una persona muy especial; su principal hobby es servir como esclavo y así lo hizo saber desde la primera noche. Nos atendió muy bien, no tuvimos queja. Éramos sus amos. Nos ofreció su dormitorio con una cama de dos plazas y se fue a dormir a otra habitación donde sólo había una colchoneta en el suelo. Cada mediodía nos agasajaba con un lujoso desayuno servido en una enorme mesa con frutas (peras, manzanas, kivi, plátanos, naranjas y mandarinas), panes franceses, galletas saladas, variedades de quesos, jamones, jamonadas, paté, mantequilla, mermeladas, cinco variedades de cereales entre ellos mi favorito, el trigo inflado rebosado de miel; por añadidura té, yogurt, leche y natillas. (Ahora que hago esta lista caigo en cuenta que olvidó los huevos hervidos.) Al anochecer nos esperaba con la cena preparada. Entre comidas me servía deliciosos té con galletitas. Para el vikingo: cerveza. Lo único que yo miraba con sospecha era el tinglado que tenía armado en mitad de la sala junto al living. Una hamaca de cuero colgando de cadenas e incontables accesorios para juegos sadomasoquistas que no voy a detallar en esta crónica. Cuando pregunté si tenía perro pues vi recipientes en el suelo de la cocina para servir alimento a los canes, me dijo en english-scotch que eran para uso personal. Él era el perro cuando sus masteres los visitaban que, por cierto, eran dos. Uno de ellos, el que conocí, era un negro de 6 seis pie con trenzas rastafaris, chaqueta de cuero, pantalón camuflage y botas de guerrillero que fumaba marihuana cual cigarrillos y quien estrechó mi mano con recelo pero cuando tomó confianza después del segundo cigarrillo, con descaro pidió de regalo, al vikingo y a mí, nuestros calzoncillos usados porque él era fetichista a estas prendas masculinas. El desparpajo no quedó allí, mientras mirábamos la tele, noté que el amo y su esclavo se habían retirado discretamente a la cocina. Como era un apartamento funcional, sin divisiones, alargué suficiente el cuello hacia atrás para ver qué estaba pasando detrás de mí. Como turista la curiosidad me mataba. Y estaba claro en mi intuición: el amo estaba de pie con la portañuela abierta y las piernas bien separadas mientras que el esclavo, de rodillas, convertido en orinal viviente, tragaba con rapidez para evitar derramar gotas sobre la alfombra. Cuando el amo advirtió mi curiosidad me hizo un guiño de ojo y con una sonrisa pícara me invitó a participar del festín pero yo con igual sonrisa encubriendo mi asco le dije No, thanks y me concentré en las noticias de la CNN. Muy interesantes. Yo pensaba que era original cuando escribía cosas como estas en mis cuentos, pero compruebo una vez más que la realidad supera a mi fantasía. Nuestro anfitrión y servidor vagaba desnudo por las noches mostrando los tatuajes que durante los años se han multiplicado en su cuerpo como recuerdo de todos sus amos. Toda una pierna tatuada, toda la espalda, los antebrazos y los hombros. Tenía las nalgas cubiertas con dibujos grabados con hierro candente. No tenía queloides, era blanco. Aunque no perdió la ocasión para insinuarse, nunca se sobrepasó. Por suerte era británico. Sólo pagamos la estadía con nuestro agradecimiento y una invitación recíproca a Malmö. Cruzo los dedos.
Tinglado S/M junto al living
Al margen de estas sutilezas, era maravilloso ser despertado al mediodía por el sonido de un roedor. Vivíamos en la planta baja de un edificio de tres pisos y mi ventana quedaba junto a un jardincillo donde una preciosa ardilla almacenaba su comida. Cada día, sobre la misma hora venía a rescatar su alimento y comérselo. Me fascinaba. Al principio me escondía tras la cortina para espiarla tras el cristal. Estos animalitos son intranquilos y huidizos, ante cualquier cosa huyen, no por gusto los suecos le llaman ekorre (Eh... corre). Pero la ardilla advirtió que estando yo tras el vidrio no corría ningún peligro y se dejaba vacilar sin problema. Buena gente, la ardilla. Yo no le molestaba y ella sin miedo y cómica roía sus piñas. Es la primera vez en mi vida que veo a una ardilla fuera de cautiverio a menos de un metro de distancia. Es una experiencia única tal vez. Sentí tristeza el último día. Cuando íbamos con nuestros equipajes rumbo a la parada del bus encontramos una ardilla del mismo color y tamaño chamuscada en la acera. Quizás un chico malo la apedreó o algún neumático de automóvil la dejó en ese estado. No quiero pensar que esta sea la ardilla de mi ventana.
Para concluir. Cosas que llamaron mi atención en la Gran Bretaña: gente, mucha gente, de todas las nacionalidades y razas, especialmente indios (de la India), tráfico por la derecha (look at right), buses de dos pisos (con cámaras y televisores), taxis que mantienen su diseño original de la primera mitad del siglo XX, casetas telefónicas antiguas, policías en bicicleta con graciosos sombreritos y... videocámaras, demasiadas para mi gusto.
Mercado Camden
Lugares de interés en Londres: Mercado Camden, Picadilly Circus, Tower Bridge, Catedral de San Pablo, avenida comercial Oxford, Soho, Chinatown, City Hall a orillas del río Támesis, Teatro The Globe, Palacio de Westminster y el reloj con el Big Ben, Palacio de Buckingham, Museo Británico, Galería Nacional y plaza con la columna de Nelson... Pinga, cómo hay que caminar y viajar underground con lo caro que son los pasajes en esta ciudad. Ya no quiero ver ma’ na’. Pero valió la pena no desanimarse y adentrarse en la Torre de Londres. Estuvimos tres días para visitarla pues siempre llegamos cuando estaban cerrando. En el último intento conseguimos entrar. Deslumbrantes joyas, coronas reales con más de mil piedras y diamantes, celdas de tortura, calabozos para príncipes y famosos, presagios sobre los cuervos que cuidan la Torre construida por Guillermo el Conquistador, la Armería real que incluye la armadura del rey Enrique VIII, la réplica de la habitación de Eduardo I, la puerta de los traidores (antigua entrada por lo que se penetraba en bote al castillo y por la que según dicen entró Ana de Bolena acusada de adulterio, incesto y traición), secretos revelados, fosos, pasadizos, túneles, fieras, leyendas... y pinga, me cansé otra vez. Me voy a sentar. A break, please.
Torre de Londres
Paladar: hot chocolate, fish & chips, puré de arvejas, jamonada de lengua de vaca, té de pepparmynt. (Ojo: no incluyo el haggis)
Pleasures:
In Edinburgh: bares JP y Victoria (cerveza, buena cerveza) / New Town Bar (repetido dos noches con un brunch el domingo que llegamos a probar antes que los hambrientos que llegaron después tumbaran la mesa y todo el servicio se fuera abajo. Esto es un ejemplo de que no sólo los cubanos hacemos estas cosas.)/ Sauna Steamworks (aquí me esperaba lo que iba buscando, el extrrethcvn kgotpåvöm ja).
In London: bar Eagle (allí encontré una botellita eltricxneyr que oeröahrl eoehq), bar Vault (este fue el bar donde mejor la pasé porque descubrí erqaeopr heh rua öäa y fuimos al 0gap4uaäfp erazas)/ bar leather Backstreet (con muy buena pinta de exmzwy tpåfgj nssgs mieeoiteb na), Sauna Pleasuresdream (con un yacuzzi que parecía una piscina y sxlyer ehte jekatöleelc) The Black Cup (disco cabaret con show de trasvestis que xxyeöetiazxkh zjren)
Cultura de tarde, relajación nocturna, sueño matutino y despertar con ardillas. Todo cotejado en un paquete y qué paquete.
Good bye Edinburgh
& London.
Bye YUKEY.