viernes, 31 de diciembre de 2010

Consejos para mi Felicidad (para el nuevo Año)


La felicidad existe, claro que existe. Todos la hemos disfrutado alguna vez aunque no hayamos sido conscientes de ella.
Con gran esfuerzo he procurado alcanzarla durante toda la vida, la idealicé como la meta final o el ansiado triunfo, aquél estado de plenitud que sólo tiene cabida en mis sueños. Al interpretarla de esta manera se tornaba intangible, escurridiza, inalcanzable. Por eso he cambiado la estrategia. La felicidad como estado de ánimo es inconstante, pero también posible. Siento que está a mi alcance, aunque no la respire, ni huela, ni la saboree. Para qué empeñarme en tocarla o verla si es un sentimiento de disfrute interior.
Si consigo librarme de cargas innecesarias constataré que no está lejos de mí. ¿Podrá ser acaso el regocijo del espíritu cuando doy cumplimiento a las metas diarias? ¿O el estado de complacencia al quedar satisfecho con lo que tengo? Si fuera esta la felicidad, con modestia podría convertirla en algo perdurable y estable.
Amar a los seres vivos, no a las cosas materiales. La publicidad es un gran enemigo, constantemente está solicitando mi atención, me hace creer que mientras más bienes posea más feliz seré y en esta carrera de consumo desmedido noto que siempre me falta algo. La bolsa, por rebosante que parezca, nunca está llena.
No voy a compararme con los otros. El espíritu de competición me anima a prevalecer por encima de mis compañeros de estudios y de trabajo, me impulsa a subir el escalón más alto. La escalera es muy larga, no tiene sentido.
Agradezco lo que tengo y lo que me ofrecen. La ingratitud y el creer que merezco tal o cual cosa es como si exigiera sólo derechos y olvidara los deberes. Dar gracias no es sólo una frase hecha ni una expresión de cortesía. Aprendo su significado real como una lección de humildad.
Intento elegir correctamente a mis amigos. Diariamente estoy sometido a las influencias de quienes me rodean, a la ostentación, la rivalidad, el interés, el chisme, el entretenimiento que me disocia de las verdades importantes. Amigos afines, intereses comunes.
Satisfago mis necesidades espirituales. En este sentido busco la respuesta a las preguntas más trascendentes para mi vida. Si garantizo el equilibrio entre el cuerpo y la mente, no tendré temor ni sobresaltos.
Estoy permitiendo a la felicidad colarse dentro, también la sonrisa y la paz que perdura.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Canalones

Recuerdo del verano No. 18
Para finalizar la serie de recuerdos del verano consideré interesante presentarles los canalones de las ciudades visitadas con el propósito de compararlos en cuanto a diseño e integración urbana.

Åbo

Riga

San Petersburgo

Mánchester

Malmö

lunes, 20 de diciembre de 2010

Fiesta de los Extravagantes

En la tertulia de Misuangelo
Aunque ser extravagante no significa necesariamente llevar un disfraz, ocultarse tras una máscara, sí es imprescindible llamar la atención, romper con moldes establecidos y rutinas.


En la fiesta cada cual interpretó el término a su manera, creó su estilo y trató, en lo posible, de autenticar su ego para no parecerse a nadie.

Silvita ganó el Premio al vestuario más popular de la fiesta. ¡Una caja de bombones para ella sola! Pero como diablilla buena, los compartió. ¡Felicidades, Silvita!

Cada quien fue feliz a su aire. De que la pasamos bien, qué duda queda.


Fotos: Silvita y Misuangelo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Misuangelo, ganador del Concurso de Humor en Viñetas.

Entre tantas bloguedades, jugando al internauta, descubrí a… no, perdón, ya estaba allí La ventana de Raptopolis. Me atrajo el concurso que convocaba para celebrar el aniversario del blog. ¿Qué chiste corto recordaba que podría convertirse en una viñeta? ¡Ah, sí el de Papá Noé! Pues… si no gano, al menos lo cuento y participo. ¡Y gané!
El Premio o resultado del concurso es esta viñeta de Raptor Plateado.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Canal Street

Recuerdo del verano no. 17
Para la comunidad gay Canal Street, en Mánchester, es el barrio más representativo de Europa así como Christiania, en Copenhague, es para los hippies. En principio era sólo una calle de una zona industrial en penumbra junto a un canal que favorecía encuentros furtivos y cacerías nocturnas sin compromisos, un atajo entre la avenida Oxford y la estación de trenes Piccadilly. Los bares que allí se encontraban comenzaron a ser frecuentados por trasnochados que huían del acoso de las luces de la ciudad. A partir de los años sesenta, el sitio fue atrayendo a gays y lesbianas hasta que a partir de los noventa, en apenas un par de décadas, la calle del canal se llenó de luces neón y guirnaldas. Actualmente el barrio ocupa varias manzanas con decenas de discotecas, restaurantes, bares, aires libres, saunas y hoteles. Su mayor atracción sigue siendo como punto de encuentros.
Canal Street, sin lugar a dudas, se ha convertido en el centro turístico más popular de la ciudad. Aquí llegan gentes de todas partes en busca de glamur, espectáculos de travestis y vida underground.
La serie británica de televisión ‘Queer as Folk’ fue ambientada en la zona.
El colectivo de suecos y yo nos hicimos vecinos del barrio; tanto de día como de noche se pasaba bien, y digo “se pasaba” con doble intención pues solíamos atravesar la calle del canal tanto para ir o regresar del hotel.
En una de esas pasadas aconteció lo más significativo de mi viaje a Mánchester.
Las pasaditas por el barrio no eran solamente pasar y ya; incluían una cerveza, o dos, en alguno de los bares siempre diferentes para poder visitarlos todos. Aquél día tocó bajar al Company Bar, un local ambientado en el sótano de un edificio antiguo. Música estridente, gente por todos lados y muchas ganas de pasarlo bien. Nos vimos, nos acercamos y comenzamos el toreo. Era un tío guapo, con barbas sin rasurar y músculos entrenados. Bailamos y mientras más nos acercábamos sentí su mano que palpaba mi entrepierna. ¡Aquí, no! –pensé alarmado. Había tanta gente alrededor que estaba también en lo suyo que reconsideré el pensamiento: Aquí sí –y ataqué con la mía, pero mi mano no llegó a feliz puerto porque el tío de barbas sin rasurar y músculos entrenados me apartó. ¡Ajá, aquí no!
Me dijo algo en inglés a modo de disculpa, yo traté de insistir pues a fin de cuentas soy testarudo, además, él había empezado primero el toca toca. “¿Qué, tienes miedo que me sorprenda lo que pueda encontrar?” Se lo dije en broma, en muy mal inglés, por cierto, pensando más bien en el tamañito de su virilidad. El tío acercó a uno de mis compañeros suecos para que me tradujera lo que pensaba decirme. “Lo que no te vas a encontrar”.
Su respuesta me desconcertó. ¿Qué estaba tratando de insinuar, o dejar claro? ¡Qué debajo de aquellos pantalones de cuero no había na’ de na’! Pues sí. Del morbo pasé a la curiosidad. Más que nunca quería palpar y comprobar, bajo el riesgo de desilusión, lo que el tío acababa de confesar. A su pesar dejó colar mi mano en sus pantalones. Como me lo había advertido, no tropecé con nada a qué aferrarme. La mano se deslizó sin obstáculo hasta el final. El tío de barbas sin rasurar y músculos entrenados resultó ser una mujer transexual que todavía no se había implantado el pene. Hubiera sido lógico pensar que estaba frente a una lesbiana, pero no, a él/ella siempre le había interesado los hombres y se asumía como tal. Lo que sucedió después no pienso contarlo pues lo que quiero destacar es el complejo fenómeno de la identidad sexual y de género que, al cabo de los años, todavía me deja perplejo. No seré yo quien tenga la última palabra, así que si se animan expresen libremente sus comentarios.