viernes, 21 de octubre de 2011

Simeiz en las rocas de Crimea


Buscando aires más modestos, el vikingo y yo viajamos a Simeiz, un pueblo situado a 18 kilómetros de Yalta, en las laderas de las montañas de Crimea, con una impresionante vista al Mar Negro. Simeiz es también un balneario, pero para gente sencilla y de menos recursos. El ambiente es ideal para los segregados sociales; los hippies y los gays encuentran aquí el rincón que necesitan lejos de las miradas y los reproches. Los hippies se ganan la vida tejiendo trenzas, vendiendo bisuterías, tocando la guitarra y cantando canciones. Sobreviven con el dinero de las colectas buena parte del verano.

Después de recorrer el poblado y almorzar en la terraza de un restaurante, nos aventuramos a descender hacia el mar sorteando los escarpados riscos. No sabría decir exactamente cómo llegamos al litoral. Más que humanos parecíamos cabras saltando entre piedras y peñascos. La zona a la que pretendíamos llegar era prácticamente inaccesible; hay que tener realmente ganas y al parecer los hippies y los gays sí que las tienen pues muchos de ellos recorren largas distancias para solearse con libertad en tan apartado paraíso. Desnudos, los que quieran, y con bañadores los otros, el sitio es grato aunque peligroso por los peñascos y arrecifes. Aún así, algunos plantan sus tiendas de campaña e improvisan campamentos donde el terreno se lo permite. Hasta han habilitado áreas para WC. 

La vida gay prácticamente no existe en Ucrania, al menos de manera abierta como en tantos países de Europa. Esta es la razón por la que ellos prefieren los sitios aislados, pocos concurridos y de difícil acceso. Tanto así que resulta peliagudo descubrir quiénes son los gays. Muchos disimulan su apariencia con anillos de matrimonio en los dedos y llevan una doble vida con esposas e hijos.

Una vez ubicado un área cómoda para extender nuestras toallas, no tardamos en hacer amigos. Los ucranianos son sociables por naturaleza y viables para entablar un diálogo aunque pocos dominan el inglés. Es que no les hace falta, la mayoría hablan la lengua nacional o el ruso. Bien visto, los extranjeros como nosotros somos quienes debemos aprender su lengua. A pesar de todo, quien quiere expresarse lo consigue y quien quiere comprender lo logra. El idioma más internacional de todos es el amor y el contacto humano. El deseo de conocer e intercambiar experiencias con una nueva cultura supera las diferencias y los riscos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Yalta. Tocar las nubes y el mar


De Koktebel viajamos a Sudak y luego continuamos hacia Yalta. Como transporte preferimos utilizar los buses regionales para evitar un desencuentro con otro “Nicolai” amante de la velocidad. Fue atinada la elección pues el sur de la península de Crimea es montañoso con carreteras estrechas que serpentean entre cerros, precipicios y acantilados. El viaje fue una verdadera excursión que nos permitió admirar impresionantes riscos y promontorios. Desde nuestra altura las nubes nos rodeaban por momentos. Uno podía extender la mano y sentir el vapor del agua a punto de precipitarse. Disfrutamos hermosos paisajes de valles y playas; también de los poblados que se encuentran en las laderas de las colinas con vistas al Mar Negro.
Yalta está situada en una depresión entre las montañas y el mar en la costa septentrional de Crimea. La mayoría de las urbanizaciones se extienden hacia las laderas del lomerío. Las calles son estrechas, como terrazas. Abundan las escaleras y escalinatas que se usan como atajos.
La ciudad es famosa como balneario desde el siglo XIX. Uno de los zares rusos construyó aquí su residencia de verano. León Tolstoi y Anton Tjechov pasaron también largas temporadas en sus respectivas villas.

En 1945, en la nombrada Conferencia de Yalta, se reunieron los líderes de las potencias aliadas (Churchill, Stalin y Roosevelt) en el antiguo palacio imperial para discutir temas cruciales que pusieran fin a la Segunda Guerra Mundial. Este encuentro presupuso el comienzo de la Guerra Fría.


Durante el dominio de la Unión Soviética, Yalta funcionó como centro de descanso y recuperación por las propiedades benéficas que brinda la región. En la zona se fundaron sanatorios con fines terapéuticos y de rehabilitación.

El edificio más conocido es el castillo romántico “Nido de Golondrinas”. Fue construido al borde de un acantilado en 1912 por el arquitecto Leonid Sherwood para el industrial petrolero barón Steingel. Por su hermosura y el sitio en que fue erigido, el castillo ha devenido en símbolo de la ciudad.

Al oeste de la ciudad se construyen actualmente vistosos hoteles posmodernos que recuerdan a los edificios de Dubái.

Se respira aires de solvencia con comercios y boutiques de firmas reconocidas mundialmente. En el paseo marítimo a lo largo de la playa y el puerto, abundan los cafés, los restaurantes y los centros nocturnos. En las plazas los niños suelen patinar, montar bicicletas y conducir vehículos infantiles. A ratos encuentras a un mimo representando un personaje histórico y en determinadas áreas uno puede fotografiarse con soberbios vestidos de la época imperial rusa.

La localidad es muy colorida en el verano, se llena de turistas, sobre todo rusos.  Los visitantes lucen sus prendas y ropas de marcas con glamur, cenan en restaurantes de lujo y beben los mejores vinos y coñac de la región. La ciudad, como la historia lo demuestra, continúa siendo la gema del Mar Negro.

lunes, 10 de octubre de 2011

Koktebel en Crimea. La tierra de las colinas azules.


No se preocupen, aquí no hay policías –dijo sonriente el chofer que nos fue a recoger al aeropuerto de Simferópol para llevarnos a la casa donde nos hospedaríamos en el balneario de Koktebel. Se llamaba Nicolai y por voluntad propia, mientras presionaba el pie sobre el pedal del acelerador, se convirtió en guía turístico.



Koktebel, situada a medio camino entre Feodosia y Sudak, pertenece al municipio de Theodosia. Es un balneario muy concurrido durante el verano por turistas de la región y de Rusia. Aquí encuentras el mejor pescado de Crimea –presumió Nicolai. No somos pescadores pero si buenos vendedores de pescados y mariscos. ¡Muy baratos, eh! En un ambiente oriental, restaurantes y quioscos forman una trama compacta a lo largo del litoral limitando así las playas de la zona residencial. Pequeños puestos de comidas, cafés, áreas de mercado, artesanías, lencería, productos del mar, medicina verde, lo que busques encuentras.
El auto giró bruscamente a la derecha y Nicolai volvió a concentrarse en el volante. Por breve tiempo. Nos mostraba el paisaje del cual sentía orgullo. Ninguna vista de Ucrania es tan bella como las que uno puede admirar en Crimea. A la izquierda tienen las viñas que producen las uvas más dulces del país. El vino y el coñac de Koktebel son muy apreciados. Como su inglés era bastante pobre, lo apoyaba con mímicas. Se volvía a cada rato para explicarnos con gestos el genuino significado de sus palabras. Nosotros, sentados en la parte trasera del coche comenzamos a preocuparnos por la velocidad con que el guía conducía.


Las playas no son de arena sino de guijarros. A veces es difícil andar sobre ellos, pero luego de que te acostumbras hasta puedes correr. Aunque las aguas pertenecen al mar Negro, no son oscuras pero sí densas con una temperatura entre 25 y 26 grados.

Hay playas naturistas también, para el que le guste tomar sol en cueros. No es obligatorio desnudarse –dijo son sorna y se volvió para mirarnos. Cada quien toma el sol como le apetece y en el lugar que más le agrade; hay costa y mar suficiente para todos. La gente es muy discreta, pero las mujeres son más curiosas que los hombres. Y soltó la carcajada.

Allí van muchos jóvenes a acampar, tocar guitarra y encender hogueras en la noche. Ellos mismos preparan sus comidas y andan como les da la gana. No hay policías, ya se los dije. En este momento tocó el claxon a modo de piropo para llamar la atención de la mujerona que caminaba por la acera.

Las noches son bastante movidas. Sonrió y giró la cabeza para hacernos una seña pícara. Al igual que los restaurantes y comercios que están unos al lado del otro, los bares y discotecas siguen el mismo estilo. Es difícil elegir. Hay música y ambiente para todos los gustos. Lo mejor es merodear por el paseo marítimo y tomarse una copa en cada lugar. En los portones de las discos hay chicas –y también chicos– que bailan para motivar a los visitantes. Volvió a sonar el claxon pero esta vez añadió una palabrota en ucraniano para despabilar al conductor de un auto que no le dejaba avanzar. Aceleró por la senda contraria. No soportaba la fila de autos. Cuando se aproximaba uno en sentido contrario hacía presión, con nuevos bocinazos, para regresar a la fila. Y así tantas veces hasta que superó los vehículos que conducían como se debe, a 70 kilómetros por hora. La carretera dejaba bien claro el máximo de velocidad, pero él iba a su marcha, a 110.


El poeta ruso Maximilian Voloshin tuvo en Koktebel su residencia. Fue un gran intelectual, sus escritos filosóficos despertaron siempre admiración y crítica. En el paseo marítimo hay una escultura suya.

Nicolai lo sabía todo. Hablaba sin pausa y sin disminuir la velocidad. La carretera estaba libre y él decidió viajar sobre la línea blanca divisoria. No teniendo más que añadir sacó de la guantera un álbum de fotografías y nos mostró a su familia: su esposa, sus hijos y hasta el nieto que nació hace un año. Contó anécdotas de su vida. Agotada las historias buscó su agenda y marcó un número de teléfono para hablar con un amigo. De repente se viraba hacia nosotros para preguntarnos de dónde éramos, cuánto tiempo estaríamos en Koktebel, pequeñas preguntas que luego traducía al que estaba del otro lado de la línea. Era divertido para él ser chofer y guía. Hacía todo menos poner las manos en el volante.

Confieso que yo no había producido tanta adrenalina en mi vida, ni las veces que me he subido a las montañas rusas y otros carruseles de ferias. Yo que había pensado relajarme en las dos horas de viaje, leer algo… Preferí conducir con la vista para ayudarnos a llegar salvos.
Por fin anunció la proximidad del pueblo al tiempo que, entre las curvas de la vía y los giros del volante nos mostraba las formaciones montañosas con los nombres que los pobladores le daban. La más curiosa era la colina nombrada Las Nalgas por el evidente parecido con la anatomía humana.

Y este es nuestro volcán, el volcán de Koktebel, inactivo pero impresionante, tan impresionante como el paisaje, como la playa, como su gente, como el Mar Negro.

jueves, 6 de octubre de 2011

Kiev. Una experiencia.


Con grandes expectativas el vikingo y yo nos preparamos para viajar a Kiev, la ciudad capital de Ucrania.
Por esos malentendidos de la vida el viaje comenzó en el aeropuerto de Copenhague con un pago extra por no haber pagado el cupo del equipaje. Al hacer la reservación en internet, en la serie de preguntas y ofertas que exigen una cuota aparte del billete de avión (el seguro por si la aerolínea quiebra, las facilidades para cambiar o cancelar la fecha de vuelo, la plaza en el avión, el impuesto al pagar con tarjeta de crédito, etc.), no encontramos nada referente a los equipajes, por lo que creímos que estaba incluido en la tarifa de vuelo. Eso pensamos nosotros pero no la señora que nos recibió el boleto. Para nuestro consuelo no fuimos los únicos en sufrir este percance. Los pasajeros que no chequeamos con antelación las maletas, con pesar y enojo, tuvimos que amortizar una suma adicional en las taquillas habilitadas para estos fines si queríamos viajar con nuestros bagajes en un vuelo tan barato –según la compañía aérea.

Llegada a Kiev. En el aeropuerto tomamos un bus que nos mostró una ciudad de casi tres millones de habitantes que ha ido creciendo –a partir de las márgenes del río Dniéper– de manera alarmante con imponentes edificios de viviendas y rascacielos, departamentos de agencias, empresas y corporaciones.


Kiev es una ciudad limpia y poblada que poco a poco se inserta en las sociedades de consumo europeas; la gente va y viene con un sentido moderno y tradicional, consume en los grandes negocios y vende sus mercaderías en los puestos y quioscos de plazas y parques. Los jóvenes visten a la moda y los de edad avanzada conservan los atuendos que los mantienen en una época incierta: pasado o transición.

Lo primero que hicimos al llegar a la Estación Central fue tomarnos una cerveza ucraniana para aplatanarnos al lugar. El vikingo me preguntó si quería tomar un taxi o ir andando hacia el hostal, así conoceríamos mejor la ciudad. Es cierto, los lugares se conocen a pie –oteando aquí y allá– y los recién llegados arribamos con ánimo de conocerlo todo. Si el hostal quedaba tan cerca como se veía en el plano, no había problema en caminar unos cuantos metros. A caminar se dijo. Caminé doscientos metros, quinientos…, un kilómetro. ¿Y el hostal? Dame acá el plano. ¡Hombre, pero si esto es un extracto de la ciudad! Aquí sólo aparecen las avenidas principales. Sequé mi frente con un gesto de disgusto. Desabroché mi camisa y me saqué el pulóver. A medio camino, lo mejor era continuar andando por esas calles empinadas con formas de meandros. El vikingo no había mencionado que Kiev, en un principio a orillas del río, se había extendido a las colinas cercanas. Con el calor del verano la maleta y la mochila se volvían cada vez más pesadas. El vikingo, con pasos largos de gigante me aventajaba más de cien metros. Yo, en cambio, antes de remontar una nueva brecha me animaba: el que va de turismo no está apurado. Entre subidas y bajadas tardamos una hora y media en llegar al quinto piso de la habitación de un hostal antiguo y sin ascensor.
Me tendí en la cama extenuado. El vikingo se lavó las manos, se secó el sudor y muy dispuesto me preguntó si quería salir a dar una vuelta para seguir conociendo la ciudad. Lo miré sin emitir sonido. Por respuesta me quité los zapatos y cerré los ojos.


Nuestra primera noche. Más recuperado de la caminata del día salimos a descubrir cómo transcurren las noches de Kiev. Caminamos por el bulevar Kreschatyk hasta la plaza de la Independencia apreciando los edificios, los escaparates y los transeúntes. Nos llamó la atención que en todos los puestos y tiendas vendían  bebidas alcohólicas. La gente se acomodaba en cualquier quicio, muro o baranda para beber cervezas embotelladas como si tal cosa. Nosotros, por supuesto, compramos las nuestras y nos sentamos en un banco que ofrecía una panorámica excelente del bulevar. Por aquí desfilaban todos los paseantes, de ida y de vuelta. Sin nada que hacer y sin planes de visitar un sitio en particular, lo mejor fue disfrutar la noche observando el comportamiento de los lugareños.
Plaza de la Independencia

Las mujeres jóvenes no se avergonzaban de salir solas o con amigas. Llevaban minifaldas muy cortas, blusas ceñidas, zapatos de tacón alto y el pelo cayendo en rizos sobre la espalda descubierta. Ellas también se sentaban en los bancos para beber sus cervezas, fumar un cigarrillo y charlar entre ellas. Cuando se les acercaban los hombres no tenían a menos entablar una conversación con quienes les apetecía. Si estas chicas ejercían el oficio más antiguo de las mujeres, no me consta; nunca las vi marcharse con alguien.
Alrededor de las once de la noche las luces de los negocios comenzaron a apagarse. El bulevar quedó iluminado a medias con la luz de farolas aisladas. Con picardía notamos que algunos hombres se acercaban para rondar nuestro banco. Sospechamos que –sin habérnoslo propuesto– estábamos en el lugar de cruising gay. La noche prometía ponerse interesante. Compramos más cervezas y nos sentamos a mirar y esperar. A los diez minutos nos dimos cuenta de que los hombres no estaban interesados entre ellos ni tampoco en nosotros, sino en las cuatro chicas sentadas justo detrás de nuestro banco. Fue entonces que nos marchamos.

Al salir del bulevar advertí una furgoneta con policías y eso me dio seguridad para seguir andando hacia el hostal. No habíamos comenzado a subir la cuesta cuando esos mismos policías nos atajaron para exigirnos los documentos. Habíamos infringido la ley. ¿Qué? ¡Pasaportes! En ese momento nos enteramos que estaba prohibido beber alcohol en la vía pública. ¡Ah, pero si aquí todo el mundo bebe! Además, no estábamos bebiendo, sólo llevábamos las botellas en la mano para terminarlas en la habitación. ¡Documentos! Sin ripostar mostré la identificación sueca. Los pasaportes, por precaución, los habíamos dejado en el hostal. Aunque no nos trataron con brusquedad nos hicieron saber que estábamos indocumentados y que habíamos incurrido en un delito grave: andar con cervezas por la calle. El ser extranjeros no nos eximía de las responsabilidades. Sin más, nos obligaron a subir a la furgoneta y con un gran derroche de aspaviento y sirenas nos condujeron por callejuelas oscuras hasta la estación policial. Por el camino nos dijeron que para casos como el nuestro se exigía la deportación. Algo escuché sobre los turistas que venían a Ucrania a ufanarse de su estatus y a hacer lo que les daba la gana. ¿Seríamos nosotros acaso los primeros en ser aleccionados? Yo no le veía mucho sentido a lo que estaba ocurriendo. Me preocupaba más ser enviado a casa en un avión al día siguiente, después de haber anunciado mi viaje a todos mis amigos con bombo y platillos. Esta deportación, para mí absurda, me iba a colgar en el pecho –y en el pasaporte– la huella de delincuente. Y como con delincuentes la policía suele tratar, nos separaron al vikingo y a mí para hacernos las mismas preguntas que ya habíamos respondido varias veces. Ellos hablaban muy poco inglés y nosotros nada de ruso, pero estaba clarísimo el mensaje que transmitían. Con gestos hacían la maniobra del avioncito.
Al cabo de la hora y media me reunieron con el vikingo en una sala que parecía el salón de un juzgado. Varios policías custodiaban las salidas y un teniente nos recibió con cara afable, pero bien plantado. Antes de emitir su veredicto quiso escuchar otra vez la historia de la boca de los infractores, o sea, de nosotros. Aunque la escena me parecía ridícula sentí temor. Esto era más serio de lo que me suponía. ¿En qué iba a parar esta farsa leguleya?

El vikingo, sobrio y certero, le dijo al teniente que se sentía decepcionado del tratamiento que nos daban. No entendía –ni yo tampoco– que por andar con una botella de cerveza por la calle seríamos deportados de Ucrania. Si esta era la manera de tratar a los visitantes, él no tenía ningún reparo en regresar a Suecia. Eso sí, antes debíamos dejar constancia de las razones de la deportación en el Consulado Sueco.
Yo intervine exaltado y atacado por el pánico a la deshonra. Mi inglés fluyó sino a borbotones, a cucharadas. En mi opinión, lo más sensato era seguirles la corriente, reconocer mi error (¿Cuál error?) y pedir disculpas. Con humildad traté de sensibilizar sus corazones, a punto estuve de echarme a llorar. Mi intención era negociar alguna forma para salir del trance. En Cuba aprendí que a las autoridades no se les debe llevar la contraria. Era mejor seguir el juego del superior y el lacayo. Mientras más servil el lacayo se muestre, el superior podrá hacer alarde de su compasión y buena voluntad. Con tal numerito de servilismo conseguí hacer sonreír al teniente, mientras que los subalternos, a espaldas de éste, nos mostraban una planilla –que llamaban protocolo– que debíamos rellenar y firmar. Su deseo era que se aplicara la ley.

En medio de mi teatralidad escuché algo referente al pago de una multa. ¡Dinero, querían dinero! Pues pagamos la multa y nos marchamos: esa era la solución. Con un gesto de reproche, el vikingo me prohibió sacar la billetera de mi bolsillo. Nacido y criado en una sociedad democrática, él se negaba a ser chantajeado; repetía una y otra vez que estaba decepcionado y quería largarse de Ucrania.
Ya sea por la intransigencia del vikingo o por mi mediación, lo cierto es que el teniente dio órdenes de que nos montaran otra vez en la furgoneta. El vikingo me miró seriamente preocupado. ¿Adónde nos llevan ahora? Me preguntaron la dirección del hostal y les entregué la tarjeta. Con seguridad nos llevarían a recoger nuestros bultos y luego para el aeropuerto –pensé yo. El vikingo buscó mi mano para estrecharla. Así hicimos el viaje, en silencio. La ciudad estaba oscura, como si un apagón general la hubiera dejado en penumbras. El auto chirrió las gomas y paró en seco. Nos ordenaron bajar. Por temor o por no comprender de qué se trataba nos quedamos sentados. Uno de los polis decidió sacarnos casi a empujones. Aquél recodo estaba tan oscuro que estuve a punto de saltar otra vez al furgón.

La secuencia fue rápida e imprevista. Sin saber cómo, el auto partió sin dejar huellas de haber pasado. Al tomar conciencia de dónde estábamos, entre perplejos y aliviados, descubrimos el cartel lumínico sobre el portón de entrada del hostal.
Mi experiencia con la policía fue tan fuerte, que no me entran ganas de narrar el resto de mi estancia en Kiev. En unos cuantos días no se conoce una ciudad y mucho menos una cultura, pero la primera impresión que uno tiene de un lugar determina el ánimo a la hora de ponerse a contar la historia. No siempre se cumple la regla “al país que fueras haz lo que vieras”. El shock que tuvimos nos convirtió en individuos muy prudentes para evitar incidentes desagradables. Con estos temores, los paseos que hicimos eran una aventura con sigilo y cautela. Los ucranianos podían beber todas las cervezas que quisieran, pero nosotros optamos por la abstinencia.

El tropiezo con la policía no me lleva a generalizar ni a deshonrar una tierra de hombres y mujeres legendarios. Los ciudadanos ucranianos tienen todo mi respeto. Son tratables y amistosos. No faltó quien –en un bar– nos invitara a beber un strike de vodka por el placer de intercambiar algunas palabras. En los buses, en la playa, hasta los propios meseros de los restaurantes, nos hacían preguntas por curiosidad. En el hostal llevamos una vida familiar con los inquilinos que se reunían en la mesa del comedor a tomar el té y hablar de sus vidas. Hasta nos invitaron a participar en una de las fiestas que improvisaron una noche. Fue interesante conocer modos y estilos de conducta. La encargada del hostal nos recomendaba los mejores sitios y siempre estaba solícita para esclarecer las dudas. El paisaje que ofrecía el balcón de nuestra habitación, en un quinto piso en la cima de una colina, nos brindó la imagen versátil de uno de los barrios más atrayentes de Kiev.
Mercado de Abastos

Una tarde, de regreso al hostal, por fisgón me perdí en una galería subterránea atiborrada de boutiques y comercios. Cada vez que salía a la superficie me encontraba con un paisaje diferente e irreconocible. Pero, como el que busca encuentra, sin ponerme nervioso acudí a un trabajador que hacía la limpieza de las escaleras y le mostré el plano. Esa vez llevaba un mapa para visitantes tontos que tenía dibujados en perspectiva las edificaciones de interés turístico. Con el dedo señalé el Mercado de Abastos, el sitio al que quería llegar. El trabajador, con señas, me animó a que lo siguiera. Me condujo por nuevos pasajes colmados de ofertas y de gente que tropezaban como hormigas. A los doscientos metros subimos a la ciudad y allí, a la vista, tenía el Mercado. Suspiré emocionado. Por fin llegaría al hostal. Al volverme, el hombre no estaba allí. Sin esperar las gracias ni la recompensa, como un duende, se esfumó en las oquedades de la galería subterránea.

Playas en el río Dniéper
Catedral Mikhailivsky

Torre y puerta de entrada al claustro de la Catedral Mikhailivsky



Palacio Presidencial


Parlamento

Iglesia de San Andrés

Parque Hreschatyi





Pendiente de Andriivki