viernes, 11 de junio de 2010

La discrepancia

Autor: Pedro Merino



―Por favor, teniente Sánchez, mi madre está grave. Tengo que verla.
― ¡Soldado Fares, la disposición combativa es inferior al setenta por ciento... y no puedo dar pases!
―No le haga caso a la gente, yo no me fugo.
―Soldado, a mí no me importa la gente.
―No se cierre y comprenda, por lo que más quiera, eh.
―Esto es una Unidad Militar, no una escuela, ¡hágase hombre!
Fares se aleja con respingo hacia un rincón del albergue. Observa a los compañeros alegres, con los uniformes limpios y ojeriza porque se cambiaron en casa. Después de las diez de la noche se fugaron.
Transcurren unas horas y el teniente vuelve a llamar al pelotón. Hay reclutas ausentes. Fares se arregla el uniforme. Pide consejos a un compañero. Ni se te ocurra, le dice, jamás te dará el pase. Fares mira al teniente, lo vuelve a mirar. Hace una seña para que lo atienda, pero no sabe que el reglamento es estricto. Debe presentársele.
Marcha sin ritmo hasta él. No se sabe si marcha o camina.
―Por favor teniente el soldado Fares quien habla con usté...
― ¿Qué le pasa, Fares?, ¿a usté no le enseñaron en la Previa...?
―Por favor, teniente, mi madre está grave…
―Cuba llora: la patria primero.
―Tengo que verla, qué va a ser de mí, diga que sí, le voy a ser hacha y machete.
―No puedo, soldado, la disposición combativa es inferior...
al por ciento que sea y no decido los pases. ¿Y cómo usté se enteró que está grave? ¡Ah, sí?, anjá.
―Mire, mi mamá está hospitalizada, yo regreso, sí, se lo juro.
Fares se retira porque el teniente le ha dado la espalda. Más tarde comenzará la guardia armada. Si el teniente no ha buscado a un voluntario que cubra por Fares, no podrá ver a su madre que delira en el hospital.
Se siente humillado. A las buenas habló con el teniente y no le hizo caso. Le respondió que el loco te va a comer de noche y Fares se miró como un niño. Un recluta viejo le dice: Qué jil fuiste, te hubieras fugao, comemierda, eso no se habla y ahora no puedes escapar porque lo anunciaste.
Desde el albergue Fares mira al teniente. Lo vuelve a observar. Qué cacho de hijoputa, piensa, lo voy a resingar.
Los reclutas se preparan para el cambio de guardia, mientras Fares maldice al teniente. Unos se burlan. Lo ven con ojos derretidos que le mojan la camisa. Así son las FAR, le dice un recluta viejo, no cojas lucha y aprende la lección: nunca digas lo que vas a hacer.
Divisa el cielo. No hay nubes. Una lechuza reanuda el vuelo con un ratón entre las patas. Los grillos se callan para que las ranas comiencen a croar. Pronto se asomarán las estrellas y se traslada con el pensamiento al barrio. Camina hacia la casa y divisa a la hermana que prepara alimentos para el hospital. Chichi, alcánzame la jaba; pero a la vez escucha: Fares Fares Fares. Parece que el padre lo empujó. Le dijo que despertara... mientras los reclutas lo abuchean, lo zarandean por los brazos. Fares y Fares y Fares te llama el teniente te tocó la posta BAJOTIERRA y nadie te va a relevar.
Qué coño les pasa ustedes, piensa Fares, yo no soy un singao, los voy a despingar, no soy fácil, a mí me ronca la berenjena.
Los reclutas van a la armería y le asignan el fusil que los identifica. Fares le quita el seguro. Observa a los suyos que desconfían de cualquiera.
El teniente Sánchez manda a formar a los reclutas. Algunos corren, otros se incorporan con indiferencia. Fares es el último. No tiene reloj pero imagina la hora. La madre lo llama desde el hospital, le quiere dar un beso y abrazarlo; pero se entromete el teniente Sánchez.
― ¡Arriba, Fares!
―No me agite, teniente.
― ¡Un reporte por pasividad! –grita.
― ¿Sabe? Es mejor tener a un maricón atrás que a usté.
― ¡Es una falta de respeto... después de la guardia ajustaremos cuenta!
Están formados. Marchan a paso camino rumbo a la Comandancia de la Guardia. Fares no deja de mirar al teniente que le hace una mueca negativa. Todavía la tarde es transparente. Es domingo y la tranquilidad se aquieta por las oficinas. Mañana será un día de ajetreo y refunfuñarán los discursitos de las clases de política. Los reclutas tienen buen porte y aspecto, aunque más de la mitad no se ha bañado. Mantienen la distancia entre soldados. Fares marcha en la escuadra de en medio. El de atrás le reprocha que ha perdido el paso y le dice al oído:
―Los oficiales son hijoputas.
A mitad del recorrido Fares sale de la formación. El pelotón se detiene. Los reclutas observan que pierde el control del fusil. Se le cae y lo vuelve a recoger. Las órdenes del teniente, que terminan en gritos, no pueden dominar los ánimos de Fares. Suelta el fusil y acosa al teniente. Se dan puñetazos. Los soldados miran por todos los lados a ver si un oficial interviene, pero no aparece ninguno. El teniente cae al pavimento y logra darle una patada y gatear unos centímetros. Corren unos metros y se miran de frente: Pal calabozo, soldado, le dice, mientras hace una carrerita por los arbustos.
Fares suelta unos rafagazos. Quiere ajustarlo tiro a tiro, pero el nerviosismo se lo impide. No ve al teniente. Los compañeros le tienen pánico. Se esconden atrás de los árboles. Saben que una trazadora puede atravesar el tronco.
La calle está húmeda y el soldado Fares corre atrás del teniente Sánchez. Resbala por el césped. Se levanta y no lo encuentra. Lo busca. La vista abanica el sector circular que tiene delante. Los soldados siguen escondidos por la arboleda. Miran a Fares que rastrilla el fusil. Te voy a coger, singao... párate. El teniente Sánchez huye por la Unidad Militar. El Oficial de Guardia ya se ha enterado, mientras Fares dispara a lo que se parezca al teniente. Los ojos le revientan de venganza.
De repente aparece el teniente Sánchez. Quiere hablarle. En una mano tiene la pistola. Fares le apunta con el AKM. El teniente se esconde detrás de un arbusto y le grita unas órdenes. Fares no le hace caso. Camina hacia él y levanta con brusquedad el AKM. El teniente corre hacia el parqueo con movimientos que desorientan a Fares que casi lo pierde de vista.
Busca con saña al teniente. Algunos guardias le incitan a que lo mate. Lo descubre al levantarse y correr entre los camiones del parqueo. Lo sigue con furia. Grita el nombre, no le interesa el grado. El teniente tropieza con unos neumáticos y alerta al custodio. Ni siquiera se escuchan gemidos. El silencio acelera a Fares a disparar contra los carros. Escucha desinflarse neumáticos. Qué serán de ellos en caso de alarma de combate. Vuelve a gritar el nombre. Parece que le dio. No lo encuentra y se vira el cañón, arrodillado en el pavimento, tal vez porque le espera una condena...

Se acercan a Fares. Los huecos en el tronco dan asco, porque el bazo y los intestinos están dispersos en trocitos. Abierto como un puerco, el colon ascendente es una imitación al vómito. Parados alrededor, el pelotón lo observa, mientras una ambulancia abre el tumulto de los demás reclutas que se avisaron por la Unidad Militar y cuchichean el suceso del día.
Al teniente Sánchez lo entrevista el Oficial de Guardia. El primo de Fares se ha enterado por los miembros del pelotón. En el bolsillo del pantalón oculta una cuchilla. El teniente Sánchez pasa de lado, el primo lo llama y se miran frente a frente.

Nota: publicado por la revista Extramuros, La Habana, 2005

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