lunes, 12 de diciembre de 2011

HAVANASTATION DE IAN PADRON

EL PRINCIPE DE MIRAMAR Y EL MENDIGO DE LA TIMBA

Por Yoss

Que los tiempos cambian es una verdad de Perogrullo. La de hoy, por ejemplo, parece ser época de disfrutar del cine en casa y a solas, gracias a la tecnología digital, las ventas callejeras de DVDs con combos de 5 y 6 películas tranquilamente pirateadas y memorias flash viajeras cargadas con lo mismo. Artilugios que además permiten a esa parte cada vez más numerosa del público que tiene computadora en su casa ver los filmes de reciente producción mucho antes de que nuestra TV y nuestro circuito cinematográfico los exhiban.

Podría entonces creerse que resulta francamente obsoleto, que ya no tiene sentido acudir a comulgar con el milagro de la sala oscura y la pantalla grande (en la que, por cierto, también cada vez más a menudo la imagen proyectada es digital, de DVD, video beam o datashow y ya no de 35 mm). Que ya quedó para siempre atrás aquella época en que nuestros entusiastas espectadores hacían larguísimas colas cada diciembre en los Festivales de Cine Latinoamericano o ante el estreno de cada nueva película cubana, con un sentido de patriotismo del séptimo arte cuando menos curioso… quizás debido a la ansiedad por ver su cotidianeidad reflejada sin cortapisas, según algunos sociólogos.

Pero bastaría con pasar frente al Yara, al Riviera o al multicine Infanta en este caluroso final de julio o principio de agosto del 2011 para rebatir ese criterio. Para darse cuenta de que todavía nuestro cine conserva su legendaria capacidad de convocatoria de masas. Y es que la exhibición de Havanastation, de Ian Padrón, se ha convertido en una cita obligada para grandes y chicos, que aprovechando las vacaciones atraviesan la ciudad en animados grupos para ver la cinta, para reír sus gags y comentarla en voz alta (con notable falta de educación y haciendo a muchos perder buena parte de los diálogos, de paso), devolviendo al cine su condición de entretenimiento colectivo.

Hijo de gato caza ratones. El vástago del creador de Elpidio Valdés ya había mostrado antes su garra y su habilidad como director. Tanto de ficción, con aquel inolvidable corto de homenaje a los harleystas habaneros protagonizado por Herón Vega y el versátil Rigoberto Ferrer,  Motos, como de documentalista en su polémico trabajo sobre Industriales. Pero le faltaba la consagración de este, su primer, y esperamos que no único, largometraje.

¿Cuál es el núcleo argumental de Havanastation? Si Mark Twain resucitara y la viera sonreiría sin duda, satisfecho al advertir notables similitudes con una de sus más famosas novelas: El príncipe y el mendigo (ya antes muchas veces llevada al cine, por cierto). Se trata de una cinta casi epifánica, ya que narra un único día (¡nada menos que un Primero de Mayo!) en la vida de dos niños. Dos pioneros cubanos que, pese a compartir color de piel (gran acierto de Padrón elegir a Ernesto Escalona y Andy Fornaris, ambos actores infantiles mulatos claros, dicho sea de paso, como la mayor parte de nuestra población, al menos según el último censo) edad y la misma aula en la primaria, no pueden vivir de modos más diversos.

En Havanastation el altanero y mimado equivalente del príncipe Eduardo en la clásica historia de Twain es Mayito, hijo de un famoso pianista de jazz, magistralmente interpretado por el versátil y siempre convincente Luis Alberto García; y de su esposa-representante, una Blanca Rosa Blanco también en su mejor registro. La película comienza mostrándonos su cómoda vida cotidiana: el niño habita una gran casa en Miramar, tienen un jardinero pagado, lleva cada día a la escuela un refresco de lata y un sandwich de jamón como merienda, juega con la Sony Playstation 2 y por si fuera poco acaba de recibir una flamante versión 3 como regalo de su padre, recién tornado de una gira por el exterior. Mayito, buen estudiante y bastante sobreprotegido por su madre, no se ha bañado nunca en un aguacero porque podría enfermarse, no tiene perros porque crían bichos y tampoco tiene amigos, porque no está bien llevar extraños a la casa.

Mientras que su opuesto, el mendigo Tom Kanthy, vendría aquí a ser Carlitos. No se trata de un auténtico pordiosero, por supuesto, (¡ya habría sido demasiado!) si bien para el director de la escuela y los profesores es un niño con problemas de conducta, agresivo… luego sabremos que no es ningún delincuente, sino que creció y habita en La Tinta, barrio marginal cerca de la Plaza de la Revolución al que incluso sin la evidente similitud fonética ningún habanero dudaría un instante en identificar con la tristemente célebre Timba. (Y ¿por qué disfrazarlo así, mientras que Miramar aparece tal cual?) Carlitos vive con su abuela, porque su madre ha muerto y su padre está preso: clásica familia disfuncional cubana, en dos palabras.

Pero quede claro que no hay aquí intercambio de príncipe y mendigo como en la inmortal historia de Samuel Clemens. A fin de cuentas, físicamente Mayito y Carlitos tampoco son siquiera muy parecidos. Sucede simplemente que el sobreprotegido “nene de Miramar”, tras el desfile del Día de los Trabajadores, se pierde, y en vez de terminar en casa de la maestra jugando con el hijo de esta, como había convenido la $ervicial pedagoga con sus padres, enfrascados en una larga sesión de grabación de un disco, toma una guagua equivocada que iba para Guanabo, se baja antes y… va a dar a La Tinta. Para más inri, llevando en la mochila a la espalda nada menos que su  mayor tesoro: la flamante Playstation 3 con la que pensaba divertirse con el hijo de la profe hasta que sus padres acudieran a recogerlo.

El filme deja un agradable sabor por muchas razones. Una es la música, a cargo de Harold López Nussa, aunque el punto álgido es sin duda alguna el homenaje a Vitier y Padrón-padre ya arriba citado. La dirección de actores y dramática del debutante pero experto Ian es simplemente impecable, demostrando que se pude contar una historia y atrapar al público sin caer ni en los lugares comunes del thriller ni en las falsas originalidades pretenciosas del discurso existencialista-metatrancoso que lastra a tantos realizadores del patio. La interpretación de los niños, natural como pocas veces en la escena cubana, es también uno de los puntos fuertes de la cinta. Desde ¡Viva Cuba! de Juan Carlos Cremata no actuaban tan bien niños en la pantalla grande nacional. ¿Magia educativa de La Colmenita del otro Cremata? Sin duda. Algún purista fanático del realismo podría lamentarse de la radical ausencia de malas palabras, que se saben casi omnipresentes en el léxico cotidiano de los habitantes de los barrios marginales… Pero a la vez se percibe en tal “censura lingüística” una voluntad de estilo que, sinceramente, se agradece después de tanto reggaetón sin pelos en la lengua sonando por todas partes.

Porque, por otro lado, es justo ese el principal mérito de la película. El que, más allá de su bien estructurado guión, de su veloz ritmo narrativo, sea la vida misma cubana la que está ahí. Dicen que los vecinos de La Timba, tras ver la película en una exhibición especial, le besaban las manos al director, agradecidos de ser por primera vez mostrados tal y como son; ni monstruos ni delincuentes. No hay aquí conductas inverosímiles de tan “correctas y revolucionarias”, paños tibios ni muelas vacías. Siguiendo los pasos de filmes ya insoslayables en la historia del séptimo arte en Cuba, como Suite Habana y Barrio Cuba, Havanastation refleja no sólo la miseria de la marginalidad, sino la misma desigualdad social que se está abriendo paso como un cáncer que carcomiera el seno de la sociedad más justa con todos y para todos que pretendieron construir nuestros padres. Y lo hace sin discursos vacíos, pero también sin temor, sin mojigatería, sobre todo sin esa amargura que trasudaba, por ejemplo, la cinta Mañana, de Alejandro Moya (Iskander), hace unos años. Incluso el final, para algunos espectadores exigentes demasiado “rosado”, resulta del todo creíble… aunque quizás en un filme rodado en otras latitudes algún que otro crítico habría saltado presuroso a acusarlo del pecado de “instigar a la conciliación social y la armonía de clases” como si todo enfrentamiento que no acabara en revuelta no lo fuese de veras.

Porque ¿no es acaso innegable que Mayito y Carlitos pertenecen, más que a dos capas, a dos auténticas clases diferentes (no quisiera decir antagónicas, pero casi nos salta sola la palabra de los dedos al teclado) de nuestra sociedad que por tantos años se ufanara de haberlas eliminado? Ian Padrón, ya polémico y censurado en su inolvidable documental sobre el equipo Industriales, dictatorialmente vetado por años de nuestras pantallas por haberse atrevido a entrevistar a  deportistas “desertores” al otro lado del estrecho de La Florida, sigue poniendo el dedo en la llaga, y cada vez con más puntería. Ahora bajo el inocente disfraz de una película “de niños” relectura de los arquetipos de Príncipe y Mendigo, denuncia uno de los peores y más actuales (ojalá no insoluble, además) problemas de nuestro país. ¿Que plantea un final feliz, de concordia y amistad? Bien ¿por qué no? ¿Acaso toda crítica tiene que ser amarga y destructiva? ¿No se puede señalar lo que anda mal con una sonrisa en los labios, sin odio, creyendo sinceramente en la voluntad y la posibilidad de mejorar? ¿O acaso es la misma afloración casi ominosamente inevitable de las clases sociales y sus diferencias la que resulta un motivo de optimismo para el director, que tal vez cree que ahora sí nuestra sociedad, aunque aparentemente más injusta que antes, es también más natural y realista?

Sí, muchas son las interrogantes que plantea la cinta, tras dejar el cine con la sonrisa de haber disfrutado de un buen rato. Y también, como auténtico arte, son muchas las lecturas que permite. Desde luego, no se trata en lo absoluto de un film sólo y simplemente para niños, por más que sean infantes sus protagonistas. Cuando más, de una película para que los mayores reflexionen profundamente, mientras los niños se reconocen en la pantalla. Que ya es bastante.

Ver filme: http://www.youtube.com/watch?v=mGg4Jx6_aCU&feature=g-wl

1 comentario:

Silvita dijo...

Interesante referencia... de niña no sólo vi El Príncipe y El Mendigo en Aventuras y en el cine, sino que lo leí en versión original... qué niña esa más polilla!!!!