miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tragar, gustar, tragar

Ante una mesa servida con fuentes, vajillas, copas, vinos, muy pocos comensales, apenas uno acomoda su servilleta al cuello de la camisa y acoda sus brazos contemplando la maravilla de los manjares dispuestos. El olor llega a través de sus fosas nasales y sube hasta la frente, al cerebro, haciendo juegos de imágenes, retozo de gula y se ve de antemano suavizando sus labios con la lengua para quitar la grasa y repasando los dientes en la captura de los restos de alimento refugiados entre los molares y las encías.
La tarde y la noche no importan, me estremece la realidad y estoy descansando la suerte. La temperatura asciende; sudo el vapor del horno y una gota gruesa rueda por mi frente. Desnudo me exhibo ante mi dueño, acomodado a lo que pudiera resultar cojín o bandeja; las piernas literalmente cruzadas, unidas en las rodillas, reclinada una sobre otra con un pie casi extendido. La cintura descansa sobre un lateral y el vientre, punto de giro y centro acentúa el ombligo perpendicular a la lámpara de techo. La mirada del dueño me sube al pecho jugoso previamente rasurado y adobado con empastes y mantequilla. Largo el cuello y los brazos, incapaces de un movimiento sin órdenes. Los ojos abiertos, eso sí, vidriosos como si no miraran, pero al mismo tiempo expío cada segundo en veinticuatro cuadros fílmicos. Mi nariz, la boca, el bigote, las cejas, el cabello ralo preparados, retocados para la ocasión; embellecidos, afeitados por la necesidad de un mayor esmero, sonriente, provocando al paladar y al buen gusto conforme a las exigencias de la buena cena.
El hombre levanta una copa y bebe el vino. Su estómago se prepara para recibir los alimentos, mejor ánimo no puede tener ante la mesa servida. El vino deja las apetencias abiertas para favorecer la ingestión. Está listo y queda poco que añadir a un futuro o presente consciente. Sobre la bandeja, estoy rodeado de lechugas y tomates, muy bien ordenados, bella composición de colores, rodajas y hojas con salsas y aceites. Estoy preparado. Cuchillo en mano, el hombre se sirve su primera ración. Pincha con el tenedor el muslo y utiliza el cuchillo para cercenar la parte del centro. Una, dos, tres veces busca la profundidad de la carne, corta la piel suave, cocida sin exagerar las quemaduras. Sigue bajando el cuchillo, tropieza con el hueso y se detiene. El hombre extrae el cubierto y trucida en otro lugar tratando de extraer una parte proporcional al tamaño de su plato. Logra la primera porción y la acomoda ante su vista. Otro trago de vino y el primer mordisco. La carne se deshace con la presión de los incisivos y luego desgarra con los caninos hasta convertir el bocado en una pasta ensalivada y proteica que atraviesa su garganta hasta alcanzar el esófago. Otro bocado y para el siguiente se ayuda con más vino. Se sirve satisfecho el trago y engulle el asado. Lo observo sin disimulo. Mi rostro está ladeado en su dirección, puedo contemplar su cara oval, su escasa cabellera y los ojos achinados por el ejercicio constante de la deglución. Una boca enorme con dientes. Mis pupilas fijas en él y él únicamente pendiente de la parte que va a cortar cuando acabe con su primera ración. Termina. Otra vez el tenedor pincha la carne y el cuchillo y el tenedor y el cuchillo y el tenedor. La porción esta vez es mayor y mayor es su agrado. Ahora sus ojos contemplan toda la fuente, casi intacta, sólo para él.
Fui preparado la noche antes. No era propiamente en una cocina, sino en un espacio apropiado con instrumental necesario y un personal adecuado para estas funciones. Fui debidamente tratado sobre una mesa, rasurado y aseado. Para mi interior, utilizaron prácticas de enjuague a través de enemas con el propósito de extraer los residuos adheridos a las paredes intestinales. Fui volteado varias veces y adobado con sales, ajo, cebolla, vinagre y limón. Luego pasé a otra cámara y sentí un vapor intenso. Sobre una parrilla colocaron mis muslos, esperaron que el calor arrugara la piel. Pensaba en la inutilidad de imaginar una salida o creer en otra muerte en el caso de que esta no fuera la única. Un hueco inmenso en mi cuerpo, sin sentido de un final movido a risa. En este estado el dolor ya no era dolor sino impaciencia de observar lo que va quedando de uno. Poco a poco penetré en un letargo o semi-inconsciencia hasta quedar profundamente dormido.
El hombre saborea su tercera ración. La cena se desarrolla opíparamente y promete ser un gran éxito. Permanezco en mi estado de contemplación y no doy cuenta de los miembros que me faltan. Pienso que una pierna, probablemente la derecha por ser la que se encuentra a mejor alcance, ha sido consumida completamente. El fémur, la tibia y el peroné aun están unidos por la ligazón de las rodillas, pero desnudos, completamente desnudos. La pierna izquierda está corriendo la misma suerte; algunas sensaciones surgen en la cadera. Como un barreno se rompe la juntura. Por primera vez el hombre abandona la elegancia de los cubiertos y acude a sus manos, sus dos manos, para halar fuerte, muy fuerte, desprender con esfuerzo la osamenta ligada a las articulaciones. Y lo logra. Vence la resistencia de las fibras, la piel y los cartílagos. En su mano derecha, a la altura de su nariz, veo el trozo de muslo, exquisito bocado a punto de ser deglutido. Lo engulle triturándolo sin prisa, masticando hasta diez veces cada bolo alimenticio y lamiéndose de gusto.
Ante su boca pasan otros miembros. Mis brazos están descontados. Tengo ausencia de bíceps y tríceps. Mis antebrazos agonizan saboreados en cada uno de sus tendones. El hombre se ha olvidado de su delicadeza, el entusiasmo hace que sostenga en ambas manos porciones de carne. El plato ya no es necesario, difícilmente podrá contener tanto asado. La grasa se derrama y le chorrea por la comisura de sus labios; la propia manga de su camisa le sirve de servilleta. Se excita más y come deprisa. Su estómago puede recibirlo todo, está frenético, no le bastan sus extremidades para agarrar las porciones. Un sorbo más de vino y un eructo. Arroja lejos un par de huesillos de mi mano, desmenuza las falanges, las succiona llevándose consigo el sabor. Escupe los huesos pequeños, los deja en desorden sobre el plato y el mantel; algunos caen al suelo y se olvidan debajo de la mesa. Las uñas también son desechadas junto con las tiras de pellejos. Disfruta la deglución como quien temiera una visita inoportuna. El hombre está solo y devora los bocados a dentelladas, quiere aprovecharlo todo. Le corresponde el turno a los pectorales. Por esta vez se auxilia del cuchillo, ahora más bien una navaja bien afilada desternilla dos filetes que tienen como centro a las tetillas. Sólo queda el hueso del esternón. Las costillas, una a una son trozadas, desprendidas y tratadas con la misma presunción que el resto de la osamenta. Mi cabeza permanece ladeada con los ojos clavados en el devorador. Aún está intacta.
El comensal hace una pausa. Sonríe. Se encuentra semi-satisfecho. Un nuevo eructo y otra copa de vino servida hasta el borde. Acerca la sopera y procede a destaparla. Está humeante la sopa de mis vísceras. Por la magnitud de su exquisitez quiso dejarla para el final como bajativo, pero no se aguanta. No necesita servirse en plato hondo; con sus dos manazas atrae hacia él la porcelana y bebe el contenido como un sediento. Ahí van mis entrañas reducidas a caldo perdiéndose en la garganta de un desconocido que traga, traga, traga.
Deposita la sopera sobre la mesa y la aparta de sí. Contempla su obra, lo que ha quedado de ella. El hombre acaricia su panza, desajusta su cinturón y el principio de la botonadura de los pantalones para dar espacio a su enorme vientre.
Sobre el mantel mis huesos y restos de fibras se muestran como sobrante; tal vez no sean pasadas por alto y se consuman para dejar una obra perfectamente acabada. Pero piensa en el postre, lo más delicado de la cena que se encuentra bajando por la pelvis: una bolsa pequeñita, casi consumida por el fuego. Con mucho cuidado desprende los testículos envueltos en el escroto. Su paladar conoce el sabor y traga saliva de gusto, más ahora que fueron almibarados con exquisita jalea. Es una lástima que el mejor sabor se encuentre en algo tan pequeño. Contacta su lengua con la arrugada superficie y lame, lame ligeramente (son muy frágiles y por la cocción pueden pulverizarse.) Sostiene la bolsa con su pulgar e índice y lame. La peculiaridad es que aquí está la esencia de todos los hombres, lame lo que hará del devorador un hombre más fuerte, lame. Saborea la especialidad demorando el instante en que los introducirá en su boca, juega al devaneo, alarga el tiempo, el deseo de comérselos de una vez. Si se los traga habrá pasado todo; por eso los lame, los lame e intenta detener lo que él sabe que va a suceder de todos modos, lame, los desea y lame. Sobre su lengua con mucho cuidado deposita el escroto con los testículos; los une al cielo de su boca y presiona. No hay necesidad de más, poco a poco se van deshaciendo, desintegrándose como la nada hasta dejar un insuperable sabor para el recuerdo. Traga.
El hombre apoya su espalda a la silla y echa atrás su cabeza. Respira. Qué buen banquete. La satisfacción es plena, apenas puede levantarse. No voy a describir el estado de vandalismo que ha dejado sobre la mesa. Su tarea ha concluido y finaliza con un sorbo de vino. Hinchado y ebrio se levanta; le cuesta mucho incorporarse. Los pocos pelos han caído sobre la frente y las cejas. Suda notablemente, es un hombre gordo, grasiento, hercúleo. Se reconoce más fuerte ahora y presume de su hombría. Me da la espalda y se aleja. Oigo los pasos del devorador cada vez más lejos. El ruido se apaga, una vez más la soledad.
Los tobillos y los dedos de mis pies no fueron engullidos, quedaron allí como prueba de la existencia de un animal bípedo. Tampoco mi cuello ni mi cabeza. Conservo parte de los hombros y probablemente algunos órganos que no fueron echados en el caldo como el estómago, el páncreas, el duodeno. Este es mi estado actual. No digo nada, no hay mucho que decir. Mi presente, si es que existe, no se aleja del futuro. Vendrán los cocineros a retirar el servicio, limpiar la loza, reunir las sobras en un cesto y llevarlas afuera, a la intemperie. Quizás sirvan de alimento a los perros y esto me reconforta. No quiero permanecer solo. Mi cerebro del mismo modo se impresiona y trata de que mis ojos envíen una lágrima y piensa y pienso en algo importante o triste que me aleje del mundo, tal vez en una cebolla.

Miguel Ángel Fraga ©
Ilustración Manuel Gómez
Publicado por Banco de Ideas Zeta, 1994

7 comentarios:

MauVenom dijo...

Me has provocado una dual sensación entre tristeza y hambre

por un lado ha salido el vulgar hambriento que llevo dentro y por otro no he podido evitar una tremenda empatía con tu personaje

el final es especialmente duro... "Quizás sirvan de alimento a los perros y esto me reconforta. No quiero permanecer solo"

una interesante alegoría de vida y destino

... ¿qué le ha dado a todo el mundo por hablar de comida?.

Abrazos

Misuangelo dijo...

Gracias Mau Venom por tu comentario. Síntesis y precisión.
Aunque es un cuento maso-caníval, despierta el apetito pues somos carnívoros. Y ese es el meollo del cuento, dar cuenta de cómo nos vamos destruyendo unos a otros con descarado sinismo. A veces no somos conscientes, pero a veces sí. Somos testigos mudos de la destrucción de nuestro habitat, de nuestra raza. Estamos languideciendo lentamente sin soltar una lágrima. Rodeados de tanta gente, estamos solos.

Silvita dijo...

Misuángelo por dios, qué macabro! Te diré la verdad: no pude leerlo todo debido al asco o repulsión. No llegué ni a la mitad, creo, no obstante la calidad literaria. Es algo ancestral el rechazar el canibalismo, tan ancestral como practicarlo. Al parecer, yo soy de las que lo rechazan, visceralmente.

para más información:
http://es.wikipedia.org/wiki/Canibalismo

http://es.wikipedia.org/wiki/Canibalismo

etc.

Ah, si quieres ver la peli, podemos verla juntos, porque sola ni loca. :-)

Silvita dijo...

El segundo link lo puse repetido, quería decir:

http://es.wikipedia.org/wiki/Armin_Meiwes

prohibido para gente sensible!!!!

Misuangelo dijo...

Siento que te haya conmovido o repugnado el cuento. Es sólo una párabala de la vida contemporánea. Aunque no nos comamos de manera literal como en la narración, los humanos nos devoramos unos a otros y lo más triste de todo, es que lo permitimos a consciencia y con pasmosa tranquilidad.

Misuangelo dijo...

Silvita,
veré los link que me recomendaste. Besos.

Silvita dijo...

Es verdad, misu, pero parábola y todo... escribes tan bien aquí que hasta sentía los olores y lo que es peor... los sabores!!!!! Ayayay! Es que soy muy impresionable, recuerda que hasta me tapo los ojos en el cine! (a veces)