lunes, 22 de febrero de 2010

Cuatro Pilares

Villa Los Cocos
Los personajes que aquí aparecen proceden de la realidad, pero han vivido tanto tiempo en mi memoria que de manera inconsciente los he mitificado. Al reproducirlos me devuelven solamente sus imágenes. Son reproducciones metaficcionales. Toño es uno de ellos. Por eso prevengo la trascendencia de los personajes que poco a poco irán apareciendo. La figura del director, visto desde otra perspectiva se desdoblará en la figura insigne del patriarca, el hombre que ostenta un poder ilimitado en los marcos de una isla. Se odia el sistema pero se ama al rey. En contraposición, Gunilla, la estrella luminosa del internado, por su expresividad y carisma se convirtió en mito a partir de su muerte y lo seguirá siendo porque fue pionero en el travestismo en la etapa de la decadencia revolucionaria, en la lucha de reivindicación del movimiento gay que en los años noventa latía de manera espontánea y visceral. Las asperezas, contradicciones y sediciones que mantuve con Monaguillo y Muñequero pudiera sublimarlas en una lucha de contrarios por la supervivencia en aquel recinto. De igual modo la agonía de mi amigo Enfermero por la intensidad con que viví y sufrí su depauperación física. Como los recuerdo o me imagino que fueron, así los entrego al mundo para que cumplan su misión de estremecer y aleccionar.
Como en toda obra que se quiera construir me apoyo en cuatro pilares humanos en igualdad de géneros. Ellos me estimulan y me orientan para levantar otra vez la casa rosada. Con mi amigo de toda la vida, testigo ocular y sobreviviente de aquella casa, amigo por más de veinte años, sostengo largas conversaciones. Juntos evocamos el pasado y discutimos sobre esto o aquello. Cuando no nos ponemos de acuerdo sobre lo que fue y no recordamos con precisión, sin pensarlo dos veces tratamos de localizar a un tercer sobreviviente de la isla ya sea que viva en España, Italia o América. Es un inconveniente escribir en Europa cuando surgen tantas lagunas. Por eso envidió a Pedro Juan Gutiérrez que escribe en el seno de sus raíces. Mientras que el amigo de toda una vida es mi segunda memoria, Silvia es la oreja que escucha. A ella acudo semanalmente para leerle cada folio escrito. Entre té, galletitas y digresiones, me desahogo, entro en catarsis. Es mi liberación. Denis y Mirta, ambos filólogos, responden a la parte intelectual, formal y de contenido. Los discursos teóricos de Denis por vía telefónica Estocolmo-Malmo pueden durar más de una hora. Terminan por agobiarme sus razonamientos posmodernos metatrancozos, con una pluridad conceptual ideoestética de un fenómeno que para mí se simplifica en escribir lo que recuerdo. Aún así, trato de seguirlo hasta donde alcanzo a comprender porque creo que tiene razón.
Mirta, por su parte, con una madurez proverbial, en el encuentro que tuvimos en Valencia, al confiarle el mamotreto y echarle un vistazo, sin rodeos me dijo: te faltan lecturas. Ha prometido ayudarme y juntos trabajaremos los textos. Ya lo había hecho antes con mi libro de testimonios y de entrevistas. Ahora sostenemos una correspondencia electrónica de tipo ayuda: “Te he dicho otras veces que tengo la impresión de que te contienes, como si temieras caer en el melodrama. Esto funciona en los cuentos pero en este tipo de literatura (diarios, testimonios, etc.) mientras más hondo escarbes en ti, más auténtico y mejor llegas al lector”. ¿Pretenderá que haga un streeptease literario?
Tanto Mirta como Denis me recomiendan que lea, que busque información para que sepa qué y cómo se escribe actualmente; insisten en libros que abordan el testimonio, la novela no-ficción, la novela latinoamericana. De la lista de títulos para leer proporcionada he superado con placer, a veces con obstinación, las lecturas de:
A sangre fría, de Truman Capote, un clásico insuperable. Agotador. Incorporé también los filmes que se han realizado sobre la obra y la vida del autor.
La paciente impaciencia, de Tomás Borge. Biografía novelada de Carlos Fonseca. Lección de historia leída a vuelo de pájaro en una tarde-noche.
La mujer habitada, de Gioconda Belli. Lectura fácil por su tinta fresca de la cual aflora el mundo interior de la mujer.
Recuerdo de la muerte, de Miguel Barroso. Libro grueso con letras muy pequeñas. Dictadura militar, terror, asociación inmediata con los filmes argentinos de los ochenta y los noventa. Leí solamente el “Epílogo a manera de prólogo”. Suficiente.
La tragedia del generalísimo, de Denzil Romero. Denso, barroco, carpentiano, impenetrable, abuso sin censura de conocimientos y referencias de cualquier tipo. Prefiero las Enciclopedias, por orden alfabético llego a lo que me interesa.
Me llamo Rigoberta Menchu, de Elizabeth Brugos. Auténtico testimonio en equilibrio con la identidad de quien narra los hechos. Sin darme cuenta superé con beneplácito las cuatrocientas páginas.
La hoguera de las ilusiones, de Arturo Alape. Disparo certero al alma del lector. Cruel, objetivo.
Diario de JL, de Álex Rei. Entretenido, cachondo, audaz.
Al amigo que no me salvó la vida, de Hervé Guibert. Agónico. El SIDA al desnudo. Identificación total con los hechos y las vivencias. Leído con muchas pausas, para desconectar.
El protocolo compasivo, de Hervé Guibert. Continuación del libro anterior. Leído en horas diurnas, nunca antes de irme a la cama, para evitar pesadillas.
El refugio secreto, de Corrie Ten Boom. Sobrecogedoras memorias del holocausto.
Fragmentos de los diarios de Anaïs Nin y Ana Frank.
Lecturas adicionales:
Cuentos de Virgilio. Disfrutable una vez más.
La infancia de un jefe, de Sartre. ¿Qué puedo decir? Muy bueno.
Cien botellas en una pared, de Ena Lucía Portela. Estupendo. Lo recomiendo.
Fumando espero, de Jorge Ángel Pérez. Procaz. Reflejo en escala menor de El Paseante Cándido.
Prisionero del agua, de Alexis Díaz-Pimienta. Exquisito, como para ahogarse en sus páginas.
No dejes escapar la ira, de Miguel Ángel. Fraga. Recordatorio de qué y cómo escribía hace quince años.
Para no pecar por omisión añado que en su momento leí Cimarrón, Canción de Rachel, y Gallego, del escritor y etnólogo Miguel Barnet. Tampoco podría faltar El extranjero, de Albert Camus. Con estas lecturas (y otras que surgirán por el camino) supongo que tengo un buen aderezo para la obra que pretendo conseguir.
De todo lo confesado arriba, ha sido Silvia quien ha dado en el clavo y me ha inspirado: “Haz lo que te dé la gana, Miguel. Esta es tu obra. Vuélvete loco.” En cualquier caso, cuatro pilares me sostienen. Como jinetes apocalípticos cabalgamos bien.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hi, colega:
interesante el principio.nota de LOS CUATRO PILARES que pusiste en La Vida en Peso. ¿es el prólogod e una nvoela? si no lo es, merece serlo.
Yoss

Silvita dijo...

Migue, me alegra que te sientas bien en nuestros encuentros, que te sirvan de inspiración. (Será el té o las galleticas? :) Sigo pensando que lo que tienes que hacer es caer en trance y volverte loco, para luego poder tomar distancia reflexiva. Este libro se escribe desde lo más profundo, visceralmente, coincido con Mirta.
Conoces la obra de Henry Miller? O El frío, de Thomas Bernhard?
Ay, amigo, sabes cuánto estamos esperando este libro que esperaremos con toda la paciencia necesaria, y leeremos con fervor.
Te quiere, tu orejita
silvita.