jueves, 18 de agosto de 2011

Visby

Llamada también la ciudad de las rosas y las ruinas, se alza majestuosa frente al mar. Ni el tiempo ni los imperios la han destruido. Visby -situada en Gotland, la mayor isla sueca del mar Báltico- es una ciudad que no se rinde ante los avatares de los siglos y las guerras. Sus muros de piedra la protegen y la conservan como una reliquia viviente. Recorrer las plazas, visitar los mercados, transitar por calles angostas, maravillarse con las casas de techos bajos y flores que crecen al pie de las ventanas siempre abiertas para que el curioso otee dentro, es como regresar a una época de hidalgos y escuderos. De tanto andar de aquí para allá, descubriendo ruinas de iglesias góticas, pasos de muralla, bodegones y mercancías de un tiempo otro lejos en la distancia, surge de repente la duda si estoy realmente en Suecia o en la imponente ciudad mercantil del Medioevo, aquella que el rey danés Valdemar Atterdag, por codicia, invadió para robar sus riquezas.

1361 fue un año fatal para Visby. Vis significa lugar de sacrificio y By, pueblo. Desde entonces se le conoce como “la ciudad sacrificada”. En su afán por protegerla del asalto mercenario murieron entre aldeanos, gente de la clase baja y pueblo en general, más de mil ochocientas personas a merced de espadas, hachas, mazas, cadenas, látigos, garrotes y lanzas. Al conocer el suceso un temblor me sacudió y no pude menos que mostrar admiración y respeto ante la ciudad de los héroes y los mártires.
Pero el pueblo no guarda luto por eso. Al recordar su tragedia, la dignifica y reconstruye su historia escenificando cada año la sangrienta batalla. En el mes de agosto, Visby se llena de expertos y visitantes. Durante una semana sus habitantes -también los turistas- se visten con atributos medievales. Allá veo a dos hombres regateando precios sin ponerse de acuerdo sobre el valor de sus mercaderías; escucho un pregón que promete un suculento asado de carne de cerdo salvaje y diviso, bordeando las ruinas de la iglesia de Santa Catarina, a una dama de alcurnia seguida por su séquito. Un caballero de la orden del Temple le cede el paso para mirar a hurtadillas los pechos que desbordan el escote de la dama, pero lo distrae la algazara de chiquillos que, despeinados y descalzos, corren hacia la plaza para asistir a la función de bardos y juglares que acaba de comenzar.
Sentado a la sombra de un árbol, un trovador entona con melancolía una canción de amor en tanto que un paje, quebradizo y tierno, lo escucha al tiempo que solloza sus cuitas. Dispuesta se apresura la celestina. Ella le asegura que calmará su congoja arreglando una cita con la dama de alcurnia que, sin advertir al mancebo, se aleja en dirección a la puerta del Este.
En la tarde tendrá lugar el esperado torneo de caballeros con armaduras, escudos y lanzas. Vistosos corceles son engalanados por los palafreneros. Siguiendo la tradición que dejó el rey Magnus de Suecia, hoy declararán vencedor al que consiga superar todas las pruebas del certamen. El victorioso caballero obtendrá como trofeo el amor de su prometida y el más espectacular aplauso del público.
Me adentro en un campamento medieval con tiendas de lona resistente al agua y al viento. La vida aquí transcurre en una edad incierta. Sigo sin estar seguro en cuál tiempo me encuentro. Soldados con yelmos y ballestas hacen la ronda; los arqueros tensan sus arcos para lanzar flechas en dirección a la diana; dos caballeros, antes del combate, entrenan haciendo sonar el acero de sus espadas; las mujeres, algunas preparan comidas y otras zurcen los paños estropeados. Los niños, como si jugaran, aprenden a encender el fuego y a montar sobre las bestias.
No me alcanzan los ojos para disfrutar de todo lo que quisiera: el paseo en Koggen, la embarcación con mástil y velas, las actuaciones de los acróbatas, los malabaristas, cómicos y rapsodas; las conferencias sobre historia, religión, la vida y los sucesos; los cursos de artesanías, las exposiciones de arte, las visitas guiadas por la ciudad, los conciertos de música coral, las comidas de los establecimientos, el olor de las tabernas…
Feliz y cansado me alejo de Visby con mi zurrón en la espalda, conmovido y convencido de no olvidar jamás semejante experiencia. Voy con miedo al rencuentro de la rutina y del presente; sí, con miedo a despertar y creer que todo ha sido un sueño.

3 comentarios:

helena dijo...

Gracias Miguel de la descripción de Visby, tan linda y vivaz que me parece haberla vista con mis ojos.

Silvita dijo...

Qué lindo! Me has inspirado! Tengo ganas de ir el próximo año! Me encantó la foto del baño en la tina. Ah, me tienes que enseñar las originales!

Misuangelo dijo...

Fue una aventura increible viajar en el tiempo.