lunes, 10 de octubre de 2011

Koktebel en Crimea. La tierra de las colinas azules.


No se preocupen, aquí no hay policías –dijo sonriente el chofer que nos fue a recoger al aeropuerto de Simferópol para llevarnos a la casa donde nos hospedaríamos en el balneario de Koktebel. Se llamaba Nicolai y por voluntad propia, mientras presionaba el pie sobre el pedal del acelerador, se convirtió en guía turístico.



Koktebel, situada a medio camino entre Feodosia y Sudak, pertenece al municipio de Theodosia. Es un balneario muy concurrido durante el verano por turistas de la región y de Rusia. Aquí encuentras el mejor pescado de Crimea –presumió Nicolai. No somos pescadores pero si buenos vendedores de pescados y mariscos. ¡Muy baratos, eh! En un ambiente oriental, restaurantes y quioscos forman una trama compacta a lo largo del litoral limitando así las playas de la zona residencial. Pequeños puestos de comidas, cafés, áreas de mercado, artesanías, lencería, productos del mar, medicina verde, lo que busques encuentras.
El auto giró bruscamente a la derecha y Nicolai volvió a concentrarse en el volante. Por breve tiempo. Nos mostraba el paisaje del cual sentía orgullo. Ninguna vista de Ucrania es tan bella como las que uno puede admirar en Crimea. A la izquierda tienen las viñas que producen las uvas más dulces del país. El vino y el coñac de Koktebel son muy apreciados. Como su inglés era bastante pobre, lo apoyaba con mímicas. Se volvía a cada rato para explicarnos con gestos el genuino significado de sus palabras. Nosotros, sentados en la parte trasera del coche comenzamos a preocuparnos por la velocidad con que el guía conducía.


Las playas no son de arena sino de guijarros. A veces es difícil andar sobre ellos, pero luego de que te acostumbras hasta puedes correr. Aunque las aguas pertenecen al mar Negro, no son oscuras pero sí densas con una temperatura entre 25 y 26 grados.

Hay playas naturistas también, para el que le guste tomar sol en cueros. No es obligatorio desnudarse –dijo son sorna y se volvió para mirarnos. Cada quien toma el sol como le apetece y en el lugar que más le agrade; hay costa y mar suficiente para todos. La gente es muy discreta, pero las mujeres son más curiosas que los hombres. Y soltó la carcajada.

Allí van muchos jóvenes a acampar, tocar guitarra y encender hogueras en la noche. Ellos mismos preparan sus comidas y andan como les da la gana. No hay policías, ya se los dije. En este momento tocó el claxon a modo de piropo para llamar la atención de la mujerona que caminaba por la acera.

Las noches son bastante movidas. Sonrió y giró la cabeza para hacernos una seña pícara. Al igual que los restaurantes y comercios que están unos al lado del otro, los bares y discotecas siguen el mismo estilo. Es difícil elegir. Hay música y ambiente para todos los gustos. Lo mejor es merodear por el paseo marítimo y tomarse una copa en cada lugar. En los portones de las discos hay chicas –y también chicos– que bailan para motivar a los visitantes. Volvió a sonar el claxon pero esta vez añadió una palabrota en ucraniano para despabilar al conductor de un auto que no le dejaba avanzar. Aceleró por la senda contraria. No soportaba la fila de autos. Cuando se aproximaba uno en sentido contrario hacía presión, con nuevos bocinazos, para regresar a la fila. Y así tantas veces hasta que superó los vehículos que conducían como se debe, a 70 kilómetros por hora. La carretera dejaba bien claro el máximo de velocidad, pero él iba a su marcha, a 110.


El poeta ruso Maximilian Voloshin tuvo en Koktebel su residencia. Fue un gran intelectual, sus escritos filosóficos despertaron siempre admiración y crítica. En el paseo marítimo hay una escultura suya.

Nicolai lo sabía todo. Hablaba sin pausa y sin disminuir la velocidad. La carretera estaba libre y él decidió viajar sobre la línea blanca divisoria. No teniendo más que añadir sacó de la guantera un álbum de fotografías y nos mostró a su familia: su esposa, sus hijos y hasta el nieto que nació hace un año. Contó anécdotas de su vida. Agotada las historias buscó su agenda y marcó un número de teléfono para hablar con un amigo. De repente se viraba hacia nosotros para preguntarnos de dónde éramos, cuánto tiempo estaríamos en Koktebel, pequeñas preguntas que luego traducía al que estaba del otro lado de la línea. Era divertido para él ser chofer y guía. Hacía todo menos poner las manos en el volante.

Confieso que yo no había producido tanta adrenalina en mi vida, ni las veces que me he subido a las montañas rusas y otros carruseles de ferias. Yo que había pensado relajarme en las dos horas de viaje, leer algo… Preferí conducir con la vista para ayudarnos a llegar salvos.
Por fin anunció la proximidad del pueblo al tiempo que, entre las curvas de la vía y los giros del volante nos mostraba las formaciones montañosas con los nombres que los pobladores le daban. La más curiosa era la colina nombrada Las Nalgas por el evidente parecido con la anatomía humana.

Y este es nuestro volcán, el volcán de Koktebel, inactivo pero impresionante, tan impresionante como el paisaje, como la playa, como su gente, como el Mar Negro.

1 comentario:

Jorge dijo...

Me recordaste mi juventud cuando trabaje en un koljos de Crimea y luego un mes en la playa. Gracias