viernes, 30 de abril de 2010

El gran aguafiestas


Mientras leía el libro que Paquita acababa de obsequiarme –un ejemplar de Moro, el gran aguafiestas (una biografía de Carlos Marx) – mi sobrina se acercó curiosa.

Si extrañamiento me produjo que un chileno de 30 años preguntara en una de nuestras tertulias en Suecia quién era Lenin y de qué trataba el embargo cubano, atónito quedé cuando mi sobrina que pronto entrará a la universidad con altas calificaciones en Historia, Matemática, Español (y abundantes faltas de ortografía) no supiera –viviendo en un país marxista por excelencia–, quién era Carlos Marx ni Federico Engels.

Dejé de leer de inmediato. Para mayor asombro, tampoco había oído hablar de William Shakespeare. Me hubiera gustado acercarme a sus amigos reguetoneros para improvisar una charla de temas culturales y sociales. Preguntarles qué conocían de la antigua Grecia (o la moderna) y quiénes fueron Carlomagno y Napoleón Bonaparte (porque no se me hubiera ocurrido preguntar si sabrían distinguir entre las tres madame francesas famosas: la Pompadour, la Du Barry y la Bovary). Con buen tino no hice nada de lo pensado porque “qué se habrá creído mi tío, venir de tan lejos a dar lecciones de cosas que no sabemos dónde están y además qué nos importan”. Mi intervención hubiera sido petulante y fuera de contexto, según reconoce mi sobrina sus conocimientos se limitan al largo lagarto verde que navega en su mapa: el santoral de héroes, patriotas y mártires con la granjita Siboney y el Gramma incluidos. Aunque no conozcan a Shakespeare ni a Marx están al corriente de los doce premios Grammy que ha obtenido el grupo de hip hop Calle 13, los más actuales filmes de vampiros y las series de televisión Perdidos y Mujeres Desesperadas. Mi sobrina conoce a la sirenita de Disney pero no le preguntes por el autor del cuento original.

Yo, que era su tío, debí haberla instruido en esas materias, a fin de cuentas yo era un intelectual –eso me dijo bien fresca y sin vergüenza. Aunque ella no recuerde la lista de autores cubanos que ella misma me pidió y que presto le envié por e-mail cuando comenzó el preuniversitario, tal vez se acuerde de la novela brasileña que en aquél momento transmitían en la TV.

Como tenía reciente la anécdota de Paquita Armas sobre la profesora que le recomendó una serie de lecturas para que fuera una persona medianamente culta y con tan buena suerte, en su libro Moro, el gran aguafiestas aparecía un oportuno índice onomástico, comencé a subrayar los escritores, poetas, filósofos y personalidades que a mi juicio una adolescente de 17 años debía conocer o al menos tener referencias. Este y este y este y este. Con saña subrayaba los nombres de H. C. Andersen, Honorato de Balzac, Robert Burns, Miguel de Cervantes, Dante Alighieri, Carlos Darwin, Demócrito, Fiódor Dostoievski, Alejandro Dumas, Epicuro, Espartaco, Esquilo, Los hermanos Grimm, Homero... La que estaba asombrada ahora era mi sobrina. ¡Tanta gente! Hizo una mueca indescifrable. Franz Liszt, Walter Scott, Ricardo Wagner... De tan relajada que tomó mi idea se le escapó un bostezo. Beethoven, Franz Kafka... El timbre del teléfono la despabiló. Disculpa, tío. Como si fuera la campana de la salvación corrió hacia el aparato. ¡Yudeisy! ¡Dime, dime! Y se alejó sin decirme tan siquiera regreso pronto. Yo no me contuve, excitado y con mal genio, seguí añadiendo nombres a la lista que me parecía insuficiente. Chaplin, Gógol, Goethe, Anaïs Nin, Stevenson, Mata Hari, Lorca, Lutero, Nixon, Vargas Llosa, Margaret Thatcher, Carpentier, Virgilio, Lezama... Mi furia poco a poco fue cediendo. Después de todo, mi sobrina no era culpable de su ignorancia sino un resultado del período de enseñanza de los maestros emergentes (improvisados profesores en su mayoría adolescentes) que lejos de salvar la educación de los años duros del período especial la hicieron pedazos.

Cuando terminó su conversación telefónica, yo estaba esperándola con la biografía de Carlos Marx en la mano, la que Paquita Armas había escrito fundamentalmente para los jóvenes como ella. Me prometió leerla y buscar, además, información en Internet y en las bibliotecas sobre las personalidades que yo le había sugerido. Cuando terminé de leer el libro se lo dejé en una esquina de la mesa del comedor para que lo tuviera a mano.

No hablamos más del asunto. Pasó el tiempo y con él las semanas hasta que llegó el día de mi partida a Suecia. Los abrazos, los encargos, las promesas, y la última mirada por los rincones a modo de despedida. Mis cosas estaban empacadas (o distribuidas), sólo el libro de Paquita continuaba en el sitio donde lo había dejado como el gran aguafiestas.

4 comentarios:

Silvita dijo...

Ayay! Le aguaste la fiesta a la sobrina ;)la mareaste, vaya!
Es preocupante el nivel de incultura y desinformación de muchos de los jóvenes de la isla, sobre todo por lo monotemática que se pone la gente, como si sólo tuvieran una neurona, y esa diera cintura nada más. La diversidad de lecturas nos entrena el pensamiento crítico. Yo he tenido experiencias similares a la tuya, es como para asustarse.
Si tu sobrina te hiciera caso, entraría a la gran fiesta del pensamiento, buen banquete que se iba a dar. Yo no me imagino mi vida sin la compañía de tantos que mientas y otros más. También me gusta el reguetón, que quede claro. Pero lo cortés no quita...
Vivan la literatura y viva calle 13!
Besitos.

MauVenom dijo...

Como maestro de universidad me topo con este mismo hecho todos los días

me parece aberrante

cuando yo era jovencito era bastante culto

pero es responsabilidad del lugar donde estos chicos crecen... de sus adultos y el medio.

En fin, no podremos contra el mundo pero rescatemos el que valga la pena.

Misuangelo dijo...

Pues sí, Silvita, la maree pero lamentablemente no sé si llegará a leer el libro y mucho menos a interesarse por la larga lista de autores que le dejé. Eso es la verdadera pena.

Misuangelo dijo...

Amigo Mau,
qué bueno tenerte de vuelta. No sabía que fueras profesor. Pues la tienes difícil :-)
Cuántas anécdotas tendrás para contar!