domingo, 23 de agosto de 2009

De Alicante a L’Estartit

Tomé el tren en Renfe Terminal con destino a Montpellier. Como no había comprado el billete con anticipación, sólo quedaban disponibles asientos de primera clase. Con la maleta en la mano después de despedirme de mi sobrino Jorge y su esposa, lo único que pude hacer fue comprar el billete. Es la primera vez que viajo en asientos semejantes, qué sabrosura. Después de diez minutos sentado me di cuenta de que la atención no era nada especial, sólo viajaba en un asiento más ancho y más caro. En la parada de Valencia me bajé para fumar un cigarrillo. Por poco me quedo en la estación. Me entretuve conversando con un asere de Madriz que hablaba más que una cotorra con apetito. ¡Ostia, tío, perdemos el tren! Ni siquiera había pitado ni cerrado las puertas; sencillamente comenzó a andar. Lo abordamos como si lo que intentábamos coger fuera un camello habanero. ¡Qué susto, macho! En Tarragona probé a fumar otra vez en el andén pero me aseguré de no soltar el pasamano y mantuve todo el tiempo un pie en el estribo. Llegué a Girona a las 18:50 horas. Había hablado por teléfono con José, mi otro sobrino con quien me reuniría.


Me había indicado que tomase el bus hacia el pueblo llamado... Por el ruido del tren el nombre del pueblo me sonó a Tortilla de Congrí. Como no me pareció apropiado este nombre para un pueblo de la Costa Brava busqué en el estacionamiento de buses algún destino que tuviera relación con Tortilla, Tortillera, To’pa’ella, Torreja... y lo encontré: Torroella de Montgri. Por las dudas pregunté al chofer antes de subir y sí, era el bus que me llevaba a L’Estartit.


La zona costera de Cataluña que comienza en la desembocadura del río La Tordera y finaliza en la frontera con Francia en Portbou, se conoce con el nombre de Costa Brava por sus paisajes escarpados y agrestes. Estos 214 km de costa pertenecen a la provincia de Girona en la Comunidad Autónoma de Cataluña. Antes de la avalancha turística había sido una franja de pescadores y agricultores que vivían pacíficamente en pequeñas aldeas de angostas calles y casas rústicas. Se considera la puerta de entrada de la península ibérica desde la Europa mediterránea. Pintores como Marc Chagall, Picasso y Dalí pusieron la cosa mala (o buena, según se mire) al perpetuar en sus pinturas la belleza casi salvaje de estas comarcas. Ellos fueron los primeros que esparcieron las imágenes turísticas de la Costa Brava por el mundo. A pesar de las urbanizaciones actuales, los poblados no han perdido su original encanto aunque sus habitantes ya no son pescadores, sino gente que trabaja sin descanso primavera-verano para sacarle el mayor partido a los ingresos que dejan los turistas.

L’Estartit es una población costera del municipio de Torroella de Montgrí con 3.540 habitantes emplazado muy cerca del archipiélago de las islas Medas. Es un pueblo que vive fundamentalmente del turismo y en el verano es cuando alcanza su máximo esplendor. Y como es verano llegué yo, a veranear.

El hombre, o sea, yo, propone y mi sobrino, el anfitrión, dispone. Te quedó muy grande eso de venir a veranear, a tomar solcito en la playa; he abierto recién mi negocio y no doy abasto con los empleados; necesito tu ayuda. ¡Trabajar! El comunicado me lo dio después del primer abrazo, sin medias tintas, con una gran alegría en el rostro. ¡Coño, yo no sabía que me estabas esperando con tantas ansias! Pues si hay que trabajar, se trabaja. Esto es un asunto de familia y por mi sobrino... ¡De pinga, asere! ¿Trabajar, dijiste?
Muy dispuesto pregunté ¿qué tengo que hacer? Hum... esos fiambres se ven deliciosos. Debería probar uno porque con el estómago lleno se trabaja mejor. ¿Qué tu crees, sobrino? Come lo que tu quieras pero ponte el delantal que los primeros clientes están al llegar. ¿Puedo ponerme en el plato también esta pizza con chorizo y hum... estas gambas? Y una cervecita para bajar la comida; cualquiera, esa misma, San Miguel o mejor, una Estrella. Cualquiera, chico, da igual. Déjame las dos en la mesa. Asere, vete pa’ la cocina, las mesas son para los clientes. Está bien, pero me llevo las cervezas, eh. Mi sobrino se encargaba de elaborar las pizzas lanzando la masa al aire como un experto pizzero. A mí me daba cierto pánico, temía que la masa se estrellara contra la pared o contra mi cara. Mi servicio era de camarero y consistía en anotar los pedidos. Como no estoy familiarizado con la hostelería me dije que trabajaría de manera informal. Los primeros clientes fueron unos franceses. Sobri, atiéndelos tú que ellos no quieren hablar castellano y yo no hablo francés. Los segundos hablaban inglés. Bueno, con estos me sentí mejor, pero como hace rato que no practico... sobri, échame una mano. Anotaba los pedidos y los ponía sobre el mostrador de la barra. Entre un cliente y otro, salía afuera a soltar un poco de humo. Tío Miguel, qué pasa con los pedidos, los clientes están impacientes. Yo ya les tomé nota, están allí sobre la barra. ¡Hombre, tienes que repartir las notas! No te fijas que hay tres copias, una para el bar, otra para la pizzería y la tercera para la cocina. ¡Ah, y me lo dices ahora! Yo pensaba que tú sabías esto, como dijiste que habías trabajado en un bar. Sí, en un bar sirviendo copas, no en un restaurante. Ok, corre y entrégale rápido los pedidos a la cocinera. ¡Apúrate!
También había olvidado anotar el número de las mesas en el vale. Me hice imprescindible. ¿Para quién es la ensalada? Para el rubio de la nariz respingada. La botella de vino... para los peludos de la última mesa. Y la Quattro Stagioni para la vieja del turbante negro, no, para el gordo del bigote azul. Perdón, el de bigote negro con turbante azul. Me estás liando, tío, mejor llévala tú. Yo no pedí cuatro estaciones, sino Calzone. ¿Quién pidió Quattro Stagioni? Please, me. Ah, la flaca narizona de la mesa cinco. Esa es la mesa seis. Da igual, es narizona y flaca.

Oye, el tipo de la carbonara ya no la quiere, dice que nos hemos demorado mucho en servírsela. ¿Que no la quiere? ¿Ahora que está lista? Dame acá, se la llevo yo. Pero, señor, si está buenísima... ¿Nos la desprecia? Pues esto no se tira, me lo como yo. Si no quiere la ensalada me la llevo también. Odio trabajar con clientes tan pesados... Sobri, voy a coger una cerveza para bajar la carbonara. Tío, me has armado tremendo lío en el negocio, el tipo se fue sin pagar. Te estoy ayudando con tremenda voluntad, sobri. Pensándolo mejor, siéntate, relájate, no me ayudes más, ya me encargo yo. Gracias, sobri, así le meto mano a la carbonara. Hum... está exquisita.

4 comentarios:

Silvita dijo...

Jajaja! Así que no quería la carbonara! A ese lo que le hace falta es un tour por las pizzerías de la isla para que aprenda a esperar. Eso sí que era piZENta. Te iluminabas esperando tu turno. Caías en el nirvana napolitano! Podías incluso olvidar qué estabas esperando ahí, afuera de Buona Sera, Vita Nuova o La Romanita. (sic) Hasta en el sírvase ud de 23 y 12 había que esperar horas!!!! Ahí sí que el tiempo era relativo, uno pal ADMON y otro para los clientes. Había quien marcaba en la cola antes de entrar al cine para comer después de la película, qué estrategia. A veces lo lograban.
Bueno, por lo menos la carbonara se aprovechó bien, verdad? :-)
Que bien se ven los dos pizeros satisfechos en la foto!
Oye, y no habrá una piza de chorizo para la gordita de los espejuelitos rojos? ;-)
Bonito post, estás hecho un cronista para la vista y el apetito!

Anónimo dijo...

Migue que divertido!
Hacia rato que no me reia tanto!
Alexandra

Misuangelo dijo...

Me alegro mucho que les haya gustado el post. Yo me la pasé muy bien en L'Estartit, pero no le pregunté al sobri que tal la pasó él conmigo. Como comí, y grati'

Aguaya dijo...

Jijijiji, también me ha gustado el post!! y cómo lo cuentas! :-)

Por cierto, tu libro me lo agitó mi esposo. Así mismo: me lo quitó de las manos. Pero ya lo terminó (le gustó mucho). Así que ahora lo he retomado y vuelto a empezar, para no olvidar ningún detalle.

Un abrazo!!